lunes, 17 de agosto de 2009

Cuentos del Siddi-khur

El secreto del barbero del Khan

Hace muchos, muchísimos años vivía en el Este un poderoso Khan. Gobernaba sobre extensas tierras y muchos miles de súbditos, y aunque su reinado era sabio y bueno, su país estaba lleno de descontento y por una justa razón. El Khan nunca dejaba verse por su gente, e incluso obligaba a sus ministros a dirigirse a él por detrás de una cortina, sin que nadie le viese jamás el rostro. Y esto no era lo peor. Una vez cada tanto, un joven del pueblo era elegido para ser llevado dentro del palacio, donde se lo vestía con bellos y costosos atuendos y luego era llevado ante la presencia del Khan. Se le pedía entonces que actuara como el barbero y le cortara el cabello al monarca, y una vez hecho esto, el joven desaparecía del palacio y del pueblo para no volver a ser visto jamás. No era difícil adivinar que tales jóvenes eran muertos luego de acabada su tarea, y como es de imaginar las madres y los padres de los muchachos del pueblo vivían en constante temor y odiaban al Khan con toda su fuerza, pues no podían ellos negar sus órdenes.
Sucedió un día que el mensajero del rey hizo su parada en la casa de una viuda que tenía tan solo un hijo; un apuesto jovenzuelo a quien su madre amaba más que a la vida misma. Y le fue dicho que su hijo sería el barbero del Khan el día siguiente. Pero en lugar de llorar y quejarse como los demás habrían hecho al escuchar la noticia, la mujer fue directo a la cocina… ya tenía pensado un plan que quizá pudiera salvar a su hijo.
Con mucho esmero preparó unos pasteles de harina de arroz y leche, muy esponjosos y tentadores, y los amaso con todo el amor que tenía por su hijo.
Luego lo llamó y le dijo:
― Daibang, mañana tendrás que ir al palacio a cortarle el cabello al Khan. Y la suerte que correrás después no la sabemos, pero bien podemos adivinarla. De modo que escucha muy atento a lo que voy a decirte, pues mi corazón me dice que si haces lo que te pido podrás escapar al terrible destino de todos los anteriores barberos. Lleva contigo estos pasteles que he preparado para ti con todo cariño y, mientras cumples tu función con el Khan, procura comerte uno asegurándote que él te vea hacerlo. Te pedirá luego probar también él una torta y al hacerlo te preguntará por los ingredientes que fueron utilizados para su preparación. Dile entonces que tu madre los ha cocinado con harina de arroz y leche, y que los amasó con todo el amor y las plegarias por su hijo. Estoy segura que no podrá quitarte la vida después de eso.
Daibang aceptó agradecido los pasteles y besó a su madre. Cuando se hizo la hora de partir hacia el palacio, lo hizo con el corazón liviano y mucho coraje. Al llegar fue recibido por los sirvientes quienes lo vistieron enseguida con distinguidas ropas y lo dirigieron hacia donde estaba el Khan. Con peines y tijeras de oro el joven arreglo el cabello del monarca. Al ver su rostro por vez primera descubrió por fin el secreto, y comprendió porque no dejaba que nadie le dirigiera la mirada.
Daibang no olvidó el recado de su madre y mientras peinaba el cabello del Khan se las arregló para comerse uno de los pasteles.
― ¿Qué estás comiendo?-, le preguntó el Khan. Y Daibang le mostró el plato lleno de dulces. Se veían muy apetitosos y el monarca demandó al instante que se le dejara probar uno. El sabor era tanto mejor que su impecable aspecto y durante todo el rato en que Daibang hacía su trabajo el Khan no dejó de comer las tortas con gran entusiasmo.
― Buen joven, dime de qué están hechas estas delicias, pues tengo que hacer que mi cocinero aprenda la receta y me las prepare a diario. ¡Nunca he probado algo más exquisito!
― Señor, -contestó Daibang― estás son unas tortas muy simples, hechas de harina de arroz y leche. Mi madre las ha preparado y amasado con todo el amor que me tiene a mí, su único hijo.
Luego el Khan estuvo callado un rato. Cuando Daibang hubo terminado y le pidió al monarca que lo excusará para retirarse, éste se dio vuelta y mirándolo a los ojos le dijo:
― Joven, el amor que tu madre volcó en esos pasteles ha llegado hasta el fondo de mi alma, y no puedo encontrar la fuerza para dar la orden de tu ejecución como he hecho con todos los otros jóvenes barberos. Sin embargo, tú ya has descubierto mi secreto y por ese motivo es que no puedes seguir viviendo, pues no confío que ningún hombre ni ninguna mujer de esta tierra sea capaz de guardar secreto semejante.
Daibang le hizo una profunda reverencia sin decir palabra alguna. Y luego de unos instantes el Khan continuó diciendo:
― A decir verdad, joven, mi cariño hacia ti sigue creciendo y estoy dispuesto a depositar mi confianza en tu palabra y dejarte vivir. ¿Prometes por el amor de tu madre y por todo lo que tú consideres sagrado no decir a nadie en este mundo lo que hoy has aprendido aquí? ¿Y prometes tampoco contar sobre el modo en que se te fue perdonada la vida?
Con solemnidad y el mayor de los compromisos Daibang se arrodilló frente al Khan y le dio su palabra de no repetir en toda su vida nada a nadie de todo lo que aquel día había vivido. Con ello fue excusado de la sala y se le encomendó a los sirvientes que lo colmaran de regalos y lo dirigieran a su hogar.
Fue muy grande el asombro del pueblo cuando supieron que Daibang había regresado del palacio luego de cumplir su rol de barbero. Se acercaban de a varios a la ventana de la casita preguntando como era que había podido escapar con vida del palacio, y más que nada pidiendo que les contara como era el gran Khan y cual era la razón por la cual no dejaba que nadie, ni sus más allegados ministros, lo vieran. Pero cumpliendo su promesa, Daibang jamás contestó ni una sola de todas aquellas preguntas.
Aquella misma noche también su madre quiso saber la historia, pero él solo contesto:
― Madre mía, te pido que no me preguntes más. Tus pasteles tuvieron el maravilloso efecto que me dijiste tendrían, y me permitieron escapar de la muerte, pero he dado mi palabra de honor y prometí no contar nada sobre el secreto del Khan a ningún ser de esta tierra, ni siquiera a mi queridísima madre.
Y los días, las semanas, los meses pasaron y cada tanto otro joven era elegido para ir al palacio como barbero del Khan y no era vuelto a ver nunca más. Ninguno era capaz de escapar como lo había hecho Daibang. Y aún seguía apareciendo gente en la ventana de su casa pidiéndole que les contara el secreto del gran monarca. Era un joven de buen corazón y en muchas ocasiones anheló poder romper su promesa, especialmente cuando los padres y las madres de los jóvenes elegidos para ir al palacio se acercaban implorándole que le dijeran como había logrado escapar del Khan, de modo que sus hijos pudieran salvarse también.
Y llegó el día en que fue tan grande la presión que tal secreto hacía en su mente y en su corazón que Daibang cayó muy enfermo. Vinieron a verlo doctores de todos los rincones de aquel gran país y su madre lo cuidó con dedicación noche y día y el joven seguía empeorando.
― Este muchacho ha de morirse. –Dijeron los doctores a su madre.― Morirá seguro si no puede liberarse de la opresión que tal secreto le impone.
Pero Daibang era fiel a su palabra.
― He prometido -dijo con la voz cansada- por el amor de mi madre y todas las cosas sagradas que no contaría a nadie mi secreto, y prefiero morir antes que romper mi promesa.
Y todos los médicos dejaron la casa sabiendo que no había nada más que pudieran hacer por el joven. Esa misma noche, la madre tuvo una idea. Sentada al borde de su cama, donde su hijo daba vueltas sin descanso, le dijo:
― Daibang, hijo mío, escúchame un momento: no vas a morirte ahora, vas a vivir. Se me ha ocurrido el modo en que podrás mantener tu promesa al Khan y al mismo tiempo liberar tu alma de tan pesado secreto. ¡Ten coraje! Reúne algunas fuerzas pues tendrás que ir solo a una lejana y olvidada tierra. Allí deberás encontrar un hoyo en el suelo o una grieta en una piedra y acercando tu boca a esta abertura dirás todo lo que en este momento agobia tu corazón. ¡De esta manera encontrarás alivio sin faltar a tu palabra!
El consejo de su madre le pareció mucho más que bueno. Y entusiasmado con la idea de soltar lo que por tanto tiempo había guardado comenzó a sentirse mejor. En poco tiempo había recobrado fuerzas suficientes para levantarse de su cama y comenzar su camino hacia las tierras que su madre le encomendaba. Viajó muchas millas, alejándose de su casa. Y llegó finalmente a un lugar desierto lleno de rocas y arena, sin ninguna presencia humana. En el centro de esa enorme tierra encontró un oscuro y profundo pozo. Arrodillándose en el piso Daibang puso sus labios muy cerca de la abertura y murmuró su secreto. Tres veces lo contó y luego se puso otra vez de pie sintiéndose tanto más liviano que un rato atrás, sano en el cuerpo y en el alma.
Pero sucedió que en ese hoyo vivía una marmota, muy vieja y muy sabia, quien escuchó y comprendió las palabras de Daibang y supo que se trataba del gran secreto del Khan. Siendo chismosa como lo son las marmotas, enseguida fue a contárselo a su amigo Eco, quien con su irrefrenable costumbre de repetir todo lo que se le decía (fuera secreto o no) se lo hizo saber al viento. Y el viento llevó el secreto del Khan a todas las puntas del país incluyendo el mismísimo jardín del palacio, donde el monarca estaba sentado. Cuando el Khan escuchó al viento murmurarle al oído su secreto se levantó llenó de furia.
― ¡El mundo entero debe estar hablando de mí! ¡Si hasta el viento es capaz de contarlo! Que gran error he cometido al perdonarle la vida al joven Daibang, de modo que mañana mismo, antes del amanecer, ¡tendrá que morir!
Y fue entonces que Daibang fue arrestado por los soldados del Khan, y llevado a la rastra hasta el palacio, donde fue dirigido de inmediato al estudio privado del monarca. Éste se encontraba tremendamente enojado.
― ¿Acaso no dije yo que ningún hombre era capaz de mantener guardado un secreto? –le gritó al joven-. ¡Y tú, aunque te tomé cariño y confié en tu palabra, me has traicionado pues el viento que sopla en mis jardines anda diciendo todo aquello que tu debías callar! ¡Habla ahora, si es que tienes algo para decir en tu defensa, pues mañana al amanecer estarás muerto!
Daibang se había asustado con el modo brusco de los soldados, pero ahora, oyendo la acusación del Khan y sabiendo que en realidad no había faltado a su palabra, tomó el coraje para explicarle al monarca lo sucedido con total honestidad.
― Es cierto, mi Señor, que ningún hombre conoce aún hoy su secreto, pues para salvar mi vida y gracias a las plegarias de mi madre he viajado muy lejos para contarlo tan solo a un viejo pozo en unas tierras abandonadas.
El Khan se conmovió con la historia, su furia desapareció y su corazón volvió a sentir el cariño que el día de los pasteles había sentido por aquel joven. Charlaron durante un largo rato y al final Daibang fue nombrado el Concejal en Jefe del Khan, y él y su madre se mudaron al palacio donde vivieron con grandes lujos y esplendores. Y ninguno de los dos tuvo que pensar más formulas para preservar el secreto del Khan, puesto que, con el consejo de Daibang, el monarca se hizo presente frente a su pueblo como todo rey. Y ningún otro joven volvió a actuar de barbero y a perder su vida después de eso: Daibang mismo fue el Barbero Real hasta el final de sus días.
― ¿Pero cuál era entonces el secreto del Khan? -demandó saber el Príncipe apenas el Siddhi-Kur hubo terminado su historia-.
― Oh, -respondió el Siddhi-kur- es muy simple, ¿no has podido adivinarlo? El Khan tenía las orejas muy largas y puntiagudas como las de un asno, y estaba terriblemente avergonzado de ellas. Pero la madre de Daibang le cosió un sombrero de terciopelo para esconderlas y el Khan pudo salir con absoluta confianza. Por supuesto que tales sombreros se convirtieron en la moda de aquel reino y creo que aún hoy son usados en el Este. Pero ya me he demorado demasiado contando esta historia y mi corazón clama por el árbol de mango que está detrás del jardín de los niños fantasma. ¡Adiós Príncipe, has roto una vez más tu silencio y ya no tienes más poder sobre mí!
El Príncipe vio alejarse al Siddhi-Kur, con vergüenza y remordimiento por haber fracaso otra vez en su promesa de silencio. Sabiendo que las lágrimas no eran solución alguna se dio la vuelta y corrió detrás de él.
― Se me viene una historia a la cabeza -dijo el Siddhi-Kur cuando el Príncipe volvió a ponerlo en su mochila, camino a la casa de Nagarjuna.­-una muy antigua historia sobre el hijo de un rey, muy sabio y fiel tal como tú, amigo mío. ¿Te gustaría que te la cuente?
El Príncipe movió afirmativamente la cabeza pensando que por ningún motivo abriría la boca esta vez. Y el Siddhi-Kur empezó a contar.

El texto corresponde a la siguiente obra:
MYERS JEWETT, Eleonore; Wonder tales from Tibet; Little, Brown & Co; Boston; 1922
Traducción al español por Irene Lo Coco

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