domingo, 4 de julio de 2010

Sobre humanos Zhao Xiangkui «Gano 471 euros al mes. ¡Una fortuna en China»

«Hombre araña» en la jungla de rascacielos de Pekín, este campesino escenifica la contrariedad del progreso en China. Sueña con volver a casa

Por menos de 500 euros al mes, me juego la vida limpiando las ventanas de los rascacielos que han proliferado en la capital china al amparo de su crecimiento económico.
Viniendo de un pequeño pueblecito de casas bajas y huertas de Hebei, donde nací hace 30 años, lo que más me sorprendió al llegar a Pekín fue la cantidad de coches y edificios altos que había. Eso fue hace ya ocho años, pero ahora me parece poca cosa en comparación con todos los cambios que hubo antes de los Juegos Olímpicos y los rascacielos que se siguen construyendo por todas partes las 24 horas del día.

Siendo tan sólo un pobre campesino que apenas pudo ir al colegio, jamás pensé que iba a acabar encarándome cada día a uno de ellos. Al principio trabajaba como cocinero en un hotel; no estaba mal, pero ganaba una miseria. Por eso, cuando un paisano me habló de los sueldos que cobraban los «hombres araña» por limpiar las ventanas de los rascacielos, no me lo pensé.

¡Gano .000 yuanes (471 euros)! ¿Usted sabe lo que es eso en China? ¡Una fortuna! Lo mismo que ganan muchos campesinos en todo un año. Sí, sí... ya sé que es un empleo de alto riesgo y que a veces se producen accidentes mortales con estos arneses y las cuerdas que sujetan la tabla de madera donde me siento, que dan tanta risa como miedo. Pero me ayuda a mantener a la familia, a la que sólo veo una vez durante el Año Nuevo chino, y a pagar los libros del niño para que vaya al colegio y tenga un porvenir.

Como vivo con otros compañeros en un cuarto que me cuesta al es 200 yuanes (23,5 euros) y me gasto el triple en comida, tabaco y cerveza, ahorro unos 3.000 yuanes (353 euros) que envío al pueblo.

Con ese dinero ya nos hemos comprado una nueva televisión en color mucho mayor que la anterior y estamos levantando una segunda planta en nuestra casa, aunque lo más importante es ahorrar por si mis padres, que son ya muy mayores, se ponen malos y hay que pagar el hospital. El seguro estatal sólo nos cubre unos gastos médicos muy básicos, pero no enfermedades graves.

No me queda más remedio que subirme a bloques de más de cien metros de altura y, desde las siete de la mañana hasta que se pone el sol, deslizarme por sus paredes con una manguera y un cubo para enjabonar los cristales. De los más de mil empleados que tiene la compañía, unos cien nos dedicamos a los trabajos en altura. Hemos limpiado los rascacielos más altos y lujosos de Pekín y, a veces, vemos por las ventanas cosas que usted ni se imaginaría, pero no puedo contárselas porque estaría violando mi… ¿cómo se dice?... Eo, secreto profesional.

Le juro que no tengo miedo, pero lo que más nos relaja es aprovechar el almuerzo para tomarnos unas cervezas y echarnos unas partidas a las cartas en las azoteas mientras otros compañeros duermen la siesta en las escaleras de los portales. Pero lo que de verdad quiero hacer es reunir el dinero suficiente para poder volver a mi pueblo, donde hay ovejas, un prado muy verde y el cielo es azul, no como el de Pekín.

POR PABLO M. DÍEZ

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