miércoles, 25 de agosto de 2010

El Espíritu Te Atrapa y Te Caes

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El Espíritu te atrapa y te caes, de Anne Fadiman

Esa vida tan intensa es la de una niña Hmong que huye de Laos. Los Hmong, etnia sin territorio, lucharon en el lado americano durante la Guerra Secreta que libró la CIA en Laos, en los 60 y 70. Muchos huyeron a Tailandia cuando los americanos salieron de Vietnam. Otros fueron acogidos en Estados Unidos, donde residen ahora. Esa vida tan intensa es la de una niña que huye de noche con sus padres y un hermano. Con otras familias que acaban matando a sus propios hijos ante el temor de que su llanto les delate. “Uno de nuestros familiares intentó matar a su hijo, pero por suerte no murió. Hoy vive en América con una cicatriz en la frente”.

La hermana de Lia Lee cuenta esta y otras anécdotas en un ejercicio de redacción en el colegio, en Merced, California. Lia Lee es la protagonista de El Espíritu Te Atrapa y Te Caes, de Anne Fadiman. La escritora hace justo lo contrario que una profesora perpleja ante el mal uso de los verbos en pasado, y se sumerge en la historia de una familia Hmong en California, cuando su cultura choca de frente con la americana en medio de la enfermedad de Lia.

‘El espíritu te atrapa y te caes’ – qaug dab peg- es la expresión que utilizan los Hmong para definir un ataque de epilepsia. Pero ¿cómo le explican los médicos a los padres de Lia que tiene epilepsia y que no hay espíritus de por medio? ¿Cómo tratar a Lia cuando los doctores Hmong no tocan a sus pacientes? ¿Cómo describir lo que ocurre en su cerebro, cuando los Hmong no tienen un concepto de ‘cerebro’? El hecho de que los Hmong no practiquen autopsias, no tengan nombre para los órganos del cuerpo humano o la ausencia de contacto físico entre médico y paciente es sólo el principio de una serie de encuentros frustrados entre médicos del hospital de Merced y los padres de Lia -que no hablan una palabra de inglés- cuando ésta ingresa con su primer ataque epiléptico.

Lia Lee sufrió ese primer ataque a los tres meses de edad. Los médicos consideraron que la epilepsia tiene causas biológicas y querían tratarle con medicamentos. La familia asociaba el mal a la llegada de un espíritu que atrapaba el alma de Lia -los Hmong asocian la enfermedad con la separación de cuerpo y alma- y optaba por rituales y sacrificios de animales. El tira y afloja entre la familia y los médicos hace que tengan que cambiarle la medicación hasta 23 veces. Cuando los padres de Lia ven que no mejora -”¿los médicos americanos están para curar o para hacer daño a Lia?” preguntan a la intérprete-, se niegan a darle la medicación, lo que acaba arrojando a su hija a los servicios sociales de California durante unos meses.

Fadiman conoció a la familia dos años después de que un último ataque epiléptico dejara a Lia en estado de muerte cerebral. Los médicos del hospital de Merced, ante el diagnóstico, dejaron que los padres le llevaran a casa con sus otros siete hermanos. Y allí la encontró Fadiman, “en perfecto estado, pero vegetal”, escribe. Que Lia siguiera ‘viva’ dos meses después de haberle diagnosticado una muerte cerebral, seguía sorprendiendo a los médicos.

El relato es una investigación entre el periodismo y la antropología que todavía leen estudiantes de estos campos, así como de medicina, en Estados Unidos. Combina experiencias y sensaciones propias con el historial médico de Lia, un retrato de la etnia Hmong, detalles de la Guerra Secreta, entrevistas con doctores que trataron a Lia y que entre lágrimas todavía recuerdan el estrés por los problemas de comunicación.

Con una impresionante riqueza de detalles, la ganadora del Premio Nacional del Círculo de Críticos estadounidense retrata el choque entre la cultura Hmong y la norteamericana con los panfletos que distribuía el gobierno estadounidense a los inmigrantes Hmong a su llegada: “La puerta de la nevera debe permanecer cerrada”. “No introduzcan piedras en el lavabo”. “Pregunte siempre a su vecino antes de coger sus flores, semillas o verduras”. “Nunca orine en la calle, produce mal olor que resulta ofensivo para los americanos. También creen que provoca enfermedades”. “Escupir en público está considerado de mala educación y poco sanitario. Utilice un pañuelo”.

La obra de Fadiman sirve de espejo a ciudadanos como los Hmong, que pueden asomarse en ella a situaciones, divertidas para unos, frustrantes para otros, y siempre resultado de la dificultad de traducir las costumbres del recién llegado. Empeñada en fotografiar la confusión hasta el último milímetro, la escritora incluye anécdotas como los nombres que muchos padres Hmong han dado a sus hijos nacidos en el hospital de Merced. “Aparte de los más típicos, a veces se incluyen nombres como Kennedy, Nixon, Pijama, Guitarra o Main (porque el hospital está en Main Street) y, hasta que una enfermera les aconsejó cambiarlo, Baby Boy, el nombre que una madre asumió para su hijo al verlo en los papeles del hospital, como si los médicos ya lo hubieran elegido para él”.

Fadiman retrata a los Hmong como la etnia que resiste asimilación. En China, en Laos y en Estados Unidos, donde arruinan cualquier plan del Departamento de Inmigración por favorecer su integración en la sociedad norteamericana. A pesar de los esfuerzos del gobierno por dispersarlos en 53 ciudades de 25 estados diferentes, miles de Hmong han protagonizado segundas migraciones para asentarse en los núcleos urbanos de California, Chicago o Minnesota . Y allí es donde las comunidades locales, desde profesores hasta médicos o trabajadores sociales se han visto más afectados por este choque de culturas.

“Los inmigrantes europeos vinieron a Estados Unidos porque esperaban integrarse en la sociedad americana. Los Hmong vinieron por la misma razón que dejaron China en el siglo XIX: porque intentaban resistir esa integración”, escribe Fadiman. Los Hmong son una etnia sin tierra que ha sobrevivido a guerras y conflictos. Ni siquiera China, con una población 250 veces más numerosa, consiguió asimilar a los Hmong. Se marcharon a las montañas de Laos.

Y el retrato que construye Fadiman es la imagen de familias Hmong aisladas en sus casas de los suburbios americanos, que se alimentan de sus propios cultivos, en casas sin puerta que atraen robos en las calles de Chicago, con rituales y hábitos que como ellos, llegaron de Laos. Los trabajadores sociales no entienden por qué la madre de Lia se empeña en llevarle por la casa, envuelta en su espalda, cuando ya ha padecido su muerte cerebral. Por qué no duerme en una cama donada especialmente para ella. Por qué se niegan a utilizar la sonda nasogástrica para alimentarla, aún a riesgo de que la comida acabe en su tráquea. La madre de Lia prefiere masticar primero la comida y después introducirla en su boca.

Desde la dificultad de los médicos a la de los vecinos que conviven con las goteras causadas por jardines caseros, Fadiman dibuja el desafío de la sociedad estadounidense, cada vez más diversa. Los Hmong de California disfrutan en su mayoría de beneficios sociales y subsidios porque no están cualificados para trabajar. Apenas hablan inglés y sus hijos escolarizados se convierten en intérpretes a diario. En determinadas ciudades las ayudas a los Hmong, cuya llegada coincidió con dificultades económicas similares a las que ahora vive Estados Unidos, despertaron roces con comunidades locales que veían en ellos la causa de recortes de ayudas en bibliotecas o parques públicos. El conflicto también fue retratado en la película Gran Torino, de Clint Eastwood, y es sólo una más de las muchas historias de integración que, aunque nunca sean protagonistas de un titular, componen el relato diario de Estados Unidos.

El meticuloso trabajo de Fadiman se convierte en una puerta abierta a quien quiera descubrir la segunda piel de la sociedad norteamericana. Una historia de multiculturalidad, de choques entre grupos humanos. De inmigración y aislamiento, de rechazo e integración. El desafío de traducir las costumbres antes que los idiomas.

fUENTE: http://periodismohumano.com/migracion/el-espiritu-te-atrapa-y-te-caes.html

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