lunes, 21 de febrero de 2011

Los chinos, tan discretos y amables…

Juan José R. Calaza - Economista y matemático

China acaba de situarse segunda potencia económica mundial si la medida es el PIB. Con la contabilidad nacional en mano, 2010 ha consagrado a China por encima de Japón y solo por debajo de EE UU. El dato no resulta demasiado transcendental dada la perspectiva presente –sí lo hubiera sido hace veinte años– que nos ha acostumbrado a sus desmesuradas tasas de crecimiento. Psicológicamente, lo más significativo para los europeos es que, al haber sobrepasado a Japón, China tumbó la última barrera antes de alcanzar el liderazgo mundial definitivo. En ese punto, todos somos conscientes, Europa habrá quedado relegada a un segundo plano, culturalmente aún muy digno, sin la menor duda, económicamente nada despreciable –la UE seguirá siendo por algún tiempo la primera potencia económica del mundo– pero el polo de gravitación de poder de la historia de la era cristiana habrá pasado, en el siglo XV, del Mediterráneo al Atlántico europeo, de este a las dos zonas costeras de EE UU, en el siglo XX, y, definitivamente, en los albores del siglo XXI, a las orillas del Pacífico. Quién diría que así nos la iban a jugar personas tan discretas y amables…

Aunque, la verdad sea dicha, Occidente había sido advertido por Napoleón de que la pujanza conquistadora del Imperio del Centro acechaba en el presentido horizonte oriental si bien las primeras noticias claras vienen de antes, de los venecianos con Marco Polo como observador emblemático. Los chinos, en efecto –a quienes la leyenda urbana occidental atribuye a la par que una desmedida y sigilosa crueldad (léase, de Mac Orlan, "Le chant de l´équipage") discreción y amabilidad reverenciosa y fraudulenta– los chinos, digo, han llegado. Para quedarse y para transformarnos. La fuerza interior de China es tan profunda que su despliegue cambiará por completo la historia de la humanidad imprimiéndole un rumbo nuevo tal que lo que hasta ahora revestía para el, así llamado, mundo occidental un carácter sacrosanto se verá dentro de cincuenta años como prejuicios de cavernícolas. Muy probablemente, bajo el influjo cultural chino ni Picasso, ni Einstein, ni Joyce se considerarán en el futuro faros del genio humano. Y es que en Occidente tenemos de China ideas asaz desajustas respecto a su la realidad.

Pocas naciones en el mundo son, en cierto sentido, tan abiertas como China. País en el que están instaladas 300.000 empresas extranjeras, que emplean 45 millones de personas, contribuyen al 25% del PIB y generan los dos tercios de las exportaciones. En 2010 China acogió 100.000 millones de dólares de inversiones exteriores: jamás ningún país sufrió semejante "invasión" económica. Sí, conocemos muy mal a los chinos hasta el punto de acusarlos de no practicar la reciprocidad en su tierra con respecto al buen trato –medido en derechos– que les damos en Europa. Por ejemplo, si un empresario chino compra un viñedo en O Rosal adquiere de consuno la propiedad de la tierra; si un inversor extranjero levanta una fábrica en China no es sin embargo propietario del terreno ¿Significa ello falta de reciprocidad? No, significa sencillamente que las legislaciones son distintas sin que por ello la ley china sea discriminatoria respecto a los extranjeros puesto que los propios chinos tampoco pueden ser propietarios de la tierra, que pertenece al Estado.

Incluso antes de ser primera potencia económica mundial China ya impone su dominio en ámbitos en los que no es de momento especialmente competitiva. Un ejemplo es la discutidísima Clasificación de Shanghái que establece el ranking de las 500 mejores universidades del mundo. A pesar de que los expertos occidentales –franceses y españoles, entre otros– rechazan la jerarquía que determina la universidad Jiao Tong (Shanghái) esta ha acabado imponiéndose como la referencia por antonomasia. Alemania, verbigracia, parte de esa clasificación como principal criterio de su reforma universitaria en curso. Los estudiantes de todo el mundo buscan acceder a las universidades mejor clasificadas por los criterios de Shanghái y las empresas a la caza de cerebros lo tienen asimismo en cuenta. Sin olvidar que las propias universidades críticas para con el ranking establecido por Jiao Tong intentan por todos los medios mejorar su puesto en la clasificación. No le demos más vueltas, China se impone cualitativamente.

Por otra parte, China cuenta con un vector de penetración extraordinario y decisivo dentro de Occidente: los occidentales de origen chino. Porque, en todos los países en los que han nacido, al éxito profesional de los comerciantes y empresarios de primera generación hay que sumar los extraordinarios resultados escolares y los logros científicos que alcanzan sus hijos. Es common knowledge que, vista la experiencia de EE UU, los niños de padres chinos nacidos hoy en España serán los profesores e investigadores de mañana. En la construcción del Canal de Panamá participaron tanto trabajadores de origen africano como chinos; los descendientes de los africanos constituyen hoy día el extracto social más bajo mientas los chinos son la élite de Panamá.

El gran error de los occidentales es ser víctimas de un lugar común completamente carente de vigencia: China está abonada ad aeternum al "low cost". Partiendo de este enfoque, China sería en el futuro la fábrica de Occidente para los productos de gama baja o media. Pues no, China –quizás compitiendo con la India, que dispone actualmente de tres veces más ingenieros que su vecina, mejor preparados y con la ventaja añadida de hablar inglés– dominará el panorama científico mundial en todos los campos, absolutamente en todos sin excepción, antes de treinta años.

China no exporta la revolución, ni el hambre, ni la pobreza, simplemente se desarrolla. Su desarrollo conlleva la conquista no violenta del planeta pero seguramente también su agotamiento por exceso cuantitativo aunque con perfeccionamiento cualitativo. No hay que ver en todo ello nada bueno, ni malo, ni regular sino decurso histórico ineluctable. Lo terrible sería que, finalmente, se confirmara la máxima de Confucio: "La prodigalidad lleva a la arrogancia y la parsimonia a la avaricia pero es peor la arrogancia que la avaricia".

Fuente: http://www.farodevigo.es/opinion/2011/02/20/chinos-discretos-amables/520184.html

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