sábado, 4 de junio de 2011

Los cuentos del Siddhi-kur : Luz de Sol y Luz de Luna

Traducción de  Irene Lo Coco


Decima y última entrega del clásico asiático para niños: las historias del Siddhi-kur (ver partes anteriores en Seda 17 a 25). El Príncipe ha capturado nuevamente a la extraña criatura, a quien debe llevar a los pies del sabio Nagarjuna. Pero no son los vastos territorios que debe atravesar el escollo más importante, sino la condición de realizar la travesía sin pronunciar palabra, so pena de recomenzar la odisea desde cero. El apresado Siddhi-kur conoce tal profecía, y procura utilizarla a su favor, para lograr su liberación. Así, haciendo gala de sus dotes narrativas, interesa al Príncipe con una de sus maravillosas historias, intentando que éste, sin querer, salga de su mutismo para preguntar algo. En el presente viaje, el orador le confiere la historia de un joven príncipe que debe exiliarse de su palacio acompañado de su fiel hermanastro.
Hace muchísimos años, en una tierra lejana vivía un príncipe hermoso llamado Luz de Sol. Su morada era un espléndido palacio donde también vivían su padre, que era un gran Khan, su madrastra y hermanastro, cuyo nombre era Luz de Luna.
Su padre y su hermano amaban al príncipe de corazón, pero su madrastra lo despreciaba de modo que mientras los dos muchachos disfrutaban de la mutua compañía, esta malvada mujer pensaba en la forma de destruir a Luz de Sol y dejarle el trono a su propio hijo.
Finalmente, un día, se le ocurrió un plan que creyó perfecto. Fue a su habitación, se acostó y comenzó a llorar y a quejarse de dolor como si una enfermedad terrible la estuviera atacando. El Khan fue notificado de inmediato y se alarmó ante el estado tan enfermo en el que se encontraba la reina.
Mi amada esposa, –le dijo― haré llamar al mejor médico de la corte y él te sabrá curar.-
― No, -contestó en un hilo de voz― no podrá hacer nada por mí. Ya siento a la muerte encima de mí, nadie puede ayudarme. Estoy muriendo, mi Khan, y el único remedio para mi enfermedad no puedo tenerlo.
― ¿Remedio? –dijo el rey―. Si hay algo en este mundo que pueda curarte, mi querida, lo tendrás, ¡aunque tenga que entregar mi reino por ello! ¡Dime que es y te lo traeré!
― Es mucho más que tu reino –respondió ella con un quejido-.¡No me atrevo a nombrarlo por el carácter de su naturaleza!
Y al decir esto se retorció y se estremeció como en una temible agonía y el Khan no pudo soportar verla sufrir de aquel modo.
― ¡Dímelo, mi vida, dímelo! –le rogó. ― No me importa, lo que sea, yo te lo conseguiré. Tienes mi sagrada promesa.
― Tu hijo, –murmuró la malvada mujer. ― Luz de Sol me ha arrojado un hechizo y moriré esta noche si no tengo la sangre de su corazón.
El Khan la observó horrorizado. Amaba a su hijo más que a la vida misma y matarlo era algo que no podía hacer. Si embargo, algo debía hacerse y pronto. “La reina”, –pensó. ― “se ha vuelto loca. Debe de ser la fiebre tan alta pero yo le he dado mi palabra y no puedo dejar de cumplirla. Mandaré matar a una cabra y le llevaré su corazón y cuando se haya recuperado se pondrá tan contenta como yo al conocer este pequeño engaño.”
Y entonces se acercó a la reina y le habló con seriedad.
Mi amor, tu vida es para mi más preciosa que cualquiera de mis hijos. Tendrás el corazón y la sangre de Luz de Sol esta misma noche, y mientras tanto trata de descansar.
Al girar hacia la puerta vio que Luz de Luna se acercaba y una sola mirada que cruzaron le dijo que aquel muchacho había oído sus palabras a la reina. “Tengo que explicarle mi plan”, pensó, pero en ese momento un mensajero se le acercó con importantes noticias y olvidó por completo aquel pensamiento.
Luz de Luna, sin embargo, estaba mudo de asombro y miedo por las terribles palabras que había oído. El mensaje le había llegado claro pues el rey tenía una voz poderosa y temía ahora por el futuro incierto de su hermano. Tan pronto como pudo recuperarse del shock en que había entrado corrió a buscar a Luz de Sol y le contó lo sucedido con todos los detalles.
Luz de Sol quedó aún más consternado que su hermano ante el aparente desamor de su padre pero temiendo por su vida se convenció de que no había tiempo para lágrimas y lamentos, pues debía abandonar el palacio de inmediato y estar a salvo y muy lejos de allí cuando cayera la noche.
― ¡Yo me iré contigo! –gritó Luz de Luna.
No, –le dijo su hermano con una mirada agradecida. ― Desconozco que peligros y privaciones tendré que enfrentar. Tienes que quedarte aquí.
― ¡Yo insisto! –lloró el otro. ― ¿Qué será la casa sin ti, hermano mío? ¡Tu vida es la mía también, como sea y donde sea!
Luz de Sol no tuvo forma de disuadirlo de modo que un momento los dos jóvenes se escurrieron por los pasillos del palacio y salieron en silencio hacia el gran mundo fuera de sus muros.
Todo el día caminaron y luego el siguiente y el siguiente a aquel, durmiendo donde fuera que encontraron un cobijo. Al tercer día llegaron a un país desolado e infértil sin señales de humanidad alrededor ni nada que pudiera otorgarles comida o agua. Y avanzaron con valentía hasta que finalmente Luz de Luna trastabilló y cayó al piso de cansancio.
¡Dios mío! Ya no puedo seguir. Déjame aquí, hermano, y sigue tu camino. No hay necesidad de que moramos los dos. No te preocupes por mí, pues estoy tan agotado que la idea de morir es un alivio para mi mente.
Luz de Sol no intentó discutir con su hermano y lo acomodó para que estuviera lo más confortable que el árido e hirviente desierto permitía mientras que el se alejaba en busca de ayuda. Se alejó deseando la pronta aparición de un porvenir o al menos un oasis, y eventualmente sus ojos se encontraron con algo brillante y muy rojo al costado de una pendiente rocosa no muy lejos de allí. Apuró el paso y vio entonces que se trataba de una gran puerta roja amurada al frente de la gran roca.

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Su coraje se hinchó ante la visión pues creyó que era muy posible que detrás de aquella puerta hubiera un gentil ser humano que pudiera ayudarlo. Se acercó y al estirar la mano para abrirla pero un anciano la abrió primero. Luz de Sol estaba tan aliviado de ver a alguien allí que podría haber caído de rodillas y besados las manos de aquel hombre. Le narró su historia rápidamente y le suplicó que ayudara a su hermano Luz de Luna. El ermitaño, tal como el se había llamado a sí mismo, no perdió tiempo y lo acompañó a Luz de Sol por el camino que había recorrido y cuando llegaron usó sus conocimientos para devolverle las fuerzas y la salud al joven exhausto.
Sus manos fueron exitosas y los dos jóvenes lo siguieron e hicieron de la morada de aquel anciano la suya, viviendo a su lado como si fueran sus hijos. Y pronto fue también aquel hombre quien expresó la alegría de tenerlos allí y les dijo que no hubiera podido amar más a unos hijos verdaderos. Y las semanas y los meses transitaron mientras los tres hombres disfrutaban de la mutua compañía detrás de la puerta roja en la montaña de piedra. Pero cuando el año empezaba a cerrarse una terrible tragedia cayó sobre ellos.
Sucedió que el Khan que gobernaba sobre ese país era un monarca ruin y malhumorado que sospechaba de todos los extraños que pisaran sus tierras. La razón de ello era una vieja profecía que marcaba que perdería su trono y corona en manos de un joven extranjero. Y por eso había decretado una ley para que cada hombre llegado a su tierra fuera llevado por los soldados de su ejército a una cueva muy profunda que era hogar de tres osos muy grandes y demoníacos. Por mucho tiempo nadie supo de la presencia de los hermanos Luz de Sol y Luz de Luna, pues casi nadie andaba por los caminos de la puerta roja. Pero llego el día en que misteriosamente llegó al Khan la noticia de los jóvenes que vivían con el ermitaño y los soldados fueron enviados de inmediato en su búsqueda.
El anciano los vio acercarse a través del desierto y enseguida adivinó el propósito de la comitiva, de modo que mientras todavía estaban en la distancia alertó a los hermanos para que buscaran escondite. Luz de Sol se metió en un barril de mangos, escurriéndose hasta al fondo y tapándose con la fruta y Luz de Luna se escondió dentro de un saco de granos. Cuando los soldados golpearon a la puerta roja, el anciano abrió enseguida.
¿Muchachos?, -dijo en respuesta a las preguntas que le hacían. ― Yo no tengo aquí ningún muchacho. Soy muy viejo y he vivido aquí en el desierto demasiados años sin mujer ni hijos que me den compañía. Deben de estar confundidos.
Los soldados empujaron al anciano con brusquedad y entraron en la cueva.
¡Mejor será que no les hayas mentido a los soldados del Khan! –dijo el comandante amenazante.
Pues no les he dicho ninguna mentira, –contestó el anciano-. Pero si dudas de mi palabra, entra y velo por ti mismo.
Por un momento el soldado hesitó pero entonces tomo al ermitaño de sus barbas blancas y le dijo.
¿Creías que iba a tomarme el trabajo de revisar tu casa? ¡Por supuesto que no lo haremos! Se que escondes a un muchacho y mis órdenes son llevármelo, así que muéstrame su escondite ya mismo, ¡o te enseñaré a apurarte!
Empuñó su espada sobre la cabeza del anciano pero antes de que pudiera bajarla Luz de Sol había saltado fuera del barril y tomado la mano del general para prevenir el golpe.
¡Aha! –dijo el capitán con clara satisfacción. ― ¡De modo que estabas aquí después de todo, casi comenzaba a dudar!
No tenía uso resistirse. Los soldados rodearon a Luz de Sol en un segundo, ataron sus manos por la espalda, lo subieron a un caballo y sin darle un momento para despedirse del triste anciano se lo llevaron al galope. No fue hasta que estuvieron lejos de allí que el comandante recordó que eran dos los jóvenes que debía llevar devuelta al Khan. Hizo frenar a la tropa en seco, dio la vuelta a su caballo y ordenó que regresaran a la cueva del ermitaño. Luz de Sol adivinó el objetivo del comandante y se le hundió el corazón. “No habrá escapatoria para mi pobre hermano”, pensó, “¡pues los soldados llegarán inesperadamente antes de que pueda esconderse de nuevo!” Pero luego se le ocurrió que tal vez pudiera prevenirlo y entonces gritó tan fuerte como pudo.
¡Pobre de mí!, ¡Oh, Dios mío, ¿porque no me dejaste morir junto a mi hermano antes que este terrible destino me alcanzara?
― ¿A que te refieres con eso?, -preguntó el comandante al escuchar las palabras de lamento.
¿A qué otra cosa puedo referirme más de lo que ya dije?, -dijo Luz de Sol en un sollozo. ― Cuando golpearon a la puerta roja recién regresábamos de enterrar a mi amado hermano, ¡y ahora el anciano se ha quedado tan solo y morirá de pena por la pérdida de sus dos hijos en el mismo día!.
El comandante tiró de las riendas de su caballo y los soldados detrás lo imitaron respetuosamente. El calor del desierto era abrasante y lo cierto es que nadie deseaba recorrer de nuevo la distancia hacia la cueva sin ningún motivo.
Joven hombre, -dijo a Luz de Sol con severidad. ― ¿Es realmente cierto que tu hermano ha muerto y que ya no queda ningún extranjero en la cueva del anciano?
― Pues eso es lo que he dicho. –contestó el muchacho impaciente. ― No hay nada en el mundo que desee tanto como que no sea cierto y que sea yo el que hubiera muerto o que estuviera mi hermano vivo para compartir mi trágico destino. –y diciendo esto rompió en un ruidoso llanto.
El comandante titubeó y finalmente dio vuelta a su caballo y marcó a sus soldados el regreso hacia el palacio. El corazón de Luz de Sol saltaba de alegría pero seguía llorisqueando para mantener el engaño.
Era un largo camino hacia la ciudad del Khan y cuando Luz de Sol y sus crueles captores llegaron a sus puertas, el sol ya estaba poniéndose. Y entonces sucedió que una de las hijas del Khan estaba en ese momento sentada sobre el tejado del palacio disfrutando de la brisa fresca del atardecer. Mirando hacia las calles bajo sus pies vio la línea de soldados acercarse con el prisionero de cabeza gacha y manos atadas por la espalda y en ese instante Luz de Sol alzó la vista y su mirada se encontró con los de la princesa. El brillo del atardecer estaba todo posado sobre los cabellos oscuros del joven, su rostro era pálido y los ojos grandes y apenados. Nunca antes, pensó la princesa, había visto un hombre tan hermoso, y el creyó al verla que era hija de los dioses, debido a su extraordinaria belleza.
La muchacha preguntó y pronto supo que aquel hombre era un extraño condenado por la profecía a ser arrojado a la cueva de los osos bravos. Luego fue a ver a su padre, el Khan, y arrollada frente a él le imploró que le perdonara a aquel la vida.
Pero el Khan vivía con el constante temor a la profecía y cuando su hija lo urgió a dispensar a ese hombre una furia inmensa le atravesó el pecho. Ella, sin embargo, sin notar que su caso estaba perdido, continuó implorando. Y al final el temperamento del Khan explotó como una tormenta de verano. Llamó a los soldados y apuntando a la princesa, les dijo:
¡Llévensela! ¡Pues tiene más piedad por la vida de un extraño que por la de su propio padre! Llévensela les digo y enciérrenla en un calabozo. Y mañana temprano elijan dos sacos pesados, aten al extraño a uno de ellos y a mi hija en el otro y arrójenlos en la cueva de los osos.
La princesa creyó que se desmayaría del miedo, pero era demasiado orgullosa como para demostrar el terror y demasiado noble para lamentar su vida y dejó que los soldados se la llevaran sin ejercer resistencia.
Al amanecer del día siguiente las órdenes del Khan estaban listas para ser cumplidas y los dos jóvenes infortunados fueron atados a unos sacos grandísimos. Luego fueron llevados hasta una cueva rocosa y con un río dentro, donde los osos iban a diario para beber su agua. Luz de Sol suspiró profundamente y vio a su lado a la princesa, su cabello largo y su rostro asomándose bajo el saco.
¡Dios mío!, -dijo él. ― ¡Diez veces Dios mío! Que yo deba morir no es nada, pues no soy más que un extraño y un paria. ¡Pero que terrible crueldad la de mandar a morir a una hermosa princesa como tú!
― No, bello joven, -contestó la hija del Khan―. no tienes que lamentarte por mí, una chica tonta y que no piensa en lo que dice, y cuya muerte no hará diferencia alguna a este mundo. Y como ha sido mi padre quien ha ordenado mi muerte, obedeceré a su pedido. Pero que tú, un hombre de noble nacimiento, a no ser que tu belleza me engañe, tenga que perecer ante tan cruel destino ¡y solo porque eres un forastero! ¡Eso es mucho más de lo que mi triste corazón puede soportar!
Mientras estas dos criaturas lamentaban el destino ajeno olvidándose del propio, los tres osos se acercaron y oyeron sus palabras, y el más mayor de los animales sintió el corazón enternecido y le dijo a sus amigos:
Para serles sincero, la generosidad de estos dos mortales me ha dado pena. Si existe tanta valentía en el corazón del hombre ¡pues entonces nunca más probaré su carne otra vez!
Los otros dos, también conmovidos por la belleza y la nobleza de los cautivos, acordaron con el oso mayor y resolvieron ser desde ese momento y para siempre ser amigos de los hombres y no temerosos enemigos. Tan pronto entraron en la cueva vieron que Luz de Sol y la princesa se tornaron blancos de miedo y entonces uno de los osos les dijo:
¡No tengáis miedo! El corazón de un oso salvaje no es siempre tan cruel como piensan los hombres. Hemos venido, no a devorarlos sino a darles libertad. Unos jóvenes que en tan terribles circunstancias piensas solamente en el otro merecen vivir largos y felices años. ¡Por mis poderes los declaro libres! ¡Vayan y desde ahora considérennos sus amigos!
Los sacos que los ataban les fueron quitados y los jóvenes fueron liberados al instante y estuvieron fuera de la cueva, sanos y salvos, tan libres como el viento que les soplaba entre los cabellos.
El Siddhi-kur calló y dejó que una larga pausa le siguiera, pero el Príncipe no dijo una sola palabra. Solo frenó su marcha por un instante y pareció murmurar algo inteligible.
¿Qué es lo que has dicho? –dijo el Siddhi-kur estirando la oreja.
Otro murmullo y el Príncipe dio vuelta su rostro y el Siddhi-kur estalló en una carcajada al ver que el joven llevaba un trozo de madera entre los dientes, haciendo imposible el habla.
Eres mas inteligente de lo que he creído. –dijo el Siddhi-kur cuando se hubo recuperado de su ataque de risa. ― ¿Has puesto esa madera en tu boca antes que comenzara mi historia para no poder decir palabra por tanto que lo quisieras?
El hijo del Khan afirmó con la cabeza.
El Siddhi-kur se acomodó de nuevo en la mochila con un suspiro.
Pues entonces has ganado, -le dijo. ― ¡y tal vez tenga que resignarme a mi destino! Adiós mi querido árbol de mango, mi amado jardín de los niños fantasma… Adiós, pues por ahora no puedo más que seguir el camino y llegar a la cueva de Nagarjuna, en la Montaña Brillosa. Pero supongo que te mereces escuchar el final de la historia, -continuó en un tono más alegre. ― aunque quizá puedas adivinarlo por ti mismo. La princesa volvió a su padre quién estaba hinchado de arrepentimiento ahora que su ira se había disipado y Luz de Sol regresó a la cueva del desierto para tranquilizar al ermitaño y a Luz de Luna, su fiel hermano. Y luego, claro está, hubo una gran boda real, una doble, pues no solo Luz de Sol de casó con la hermosa princesa, sino que Luz de Luna encontró otra mujer tan bella en la hermana menor de la otra. La profecía que el Khan había temido tantos años se hizo realidad, pero de un modo muy distinto al esperado. Perdió, en efecto, su trono y su corona ante un extraño joven, pero se lo concedió de su propia voluntad a Luz de Sol, pues amaba al muchacho y el ya estaba viejo y cansado y nada era tan placentero como ver a su yerno y su hija gobernando su reino. Y entonces vivieron todos muy felices por el resto de sus vidas y hasta visitaron al padre de Luz de Sol y lo encontraron viejo y gris, lamentándose por la pérdida de sus dos hijos. La reina malvada había ya perecido pues era demasiado mala para vivir. Y todos fueron felices.
Una mirada de gran contento y alivio inundó el rostro del Príncipe y se dirigió presto en dirección a la Montaña Brillosa. Finalmente vieron sus luces tintinear en la distancia.
Y ahora, oh, Príncipe, -dijo el Siddhi-kur- ― estamos acercándonos al final de nuestro camino. Resguarda la lección de silencio que has aprendido con mucho trabajo, pues un rey que piensa mucho y habla poco es un sabio monarca, y su gente vivirá en paz, felicidad y prosperidad bajo su mando.

Textos de la obra:
MYERS JEWETT, Eleonore; Wonder tales from Tibet; Little, Brown & Co; Boston; 1922
Traducción al español por Irene Lo Coco
Ilustración: Maurice Day

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