viernes, 18 de enero de 2013

"Es del todo inadecuado acoger a un niño adoptado y amarle" (Winnicott)

El artículo es de José Luis Gonzalo Marrodán, psicólogo y especialista en niños con malos tratos y abandonos. Lo podéis encontrar AQUÍ.


"Al leer el titular de la entrada de esta semana, a buen seguro que no os habréis quedado indiferentes. A mí me pasó igual cuando lo leí.

He estado revisando al autor Winnicott (médico y psicoanalista inglés, el primer pediatra en formarse como psicoanalista), quien tiene una particular visión –que os voy a transcribir a continuación- sobre la adopción y el acogimiento. La verdad es que en un primer momento impacta: “¿No amarle? ¡Pero cómo no le vamos a amar!”, nos decimos a nosotros mismos entre sorprendidos y quizá un tanto indignados.

Me gustaría que leyerais su aportación (sobre todo los padres y las madres, y especialmente los adolescentes y adultos adoptados/as) y dejéis vuestro punto de vista en los comentarios. Al principio, mi primera reacción tras la lectura de las palabras de Winnicott ha sido la de sentirme un tanto desconcertado. Pero después, más sosegadamente, haciendo una reflexión, considero que su planteamiento tiene sentido sobre todo para los niños que han sufrido abandono severo, tanto si posteriormente son adoptados o acogidos en familia como en una institución. Además, el autor –como vais a ver- razona y matiza la frase con la que hemos titulado la entrada de esta semana. Se trata de no sólo amar sino también de tolerar el odio. Esto es, de no menoscabar el papel que las emociones negativas cumplen para que podamos crecer como personas. Creo que esto es especialmente importante para familias que no toleran la expresión de las emociones en general y las negativas (rabia, odio, miedo...) en particular. Para un/a adoptado/a creo que es necesario sentir que su familia adoptiva puede escuchar, comprender, contener y hacerse cargo también de las emociones intensas como lo es el odio.

Vamos con ello.

Winnicott inició su carrera trabajando con niños desplazados debido a la Segunda Guerra Mundial, y estudió las dificultades de los niños que tratan de adaptarse a un nuevo hogar.

En un artículo titulado Hate in the Countertransference (El Odio en la Contratransferencia) [1], Winnicott dice lo siguiente:

“Es del todo inadecuado acoger a un niño adoptado y amarle. De hecho, los padres deben ser capaces de acoger al niño adoptado en su casa y tolerar odiarle. El niño solo puede creer que se le quiere después de que se le haya odiado, e insiste en que no se puede subestimar la importancia de la tolerancia del odio en los procesos de curación. Cuando a un niño hasta entonces privado de cuidados parentales apropiados se le ofrece la ocasión de recibirlos en un ambiente familiar sano, como el de una familia adoptiva, el niño comienza a desarrollar una esperanza inconsciente. Pero a dicha esperanza viene asociada el miedo: cuando un niño ha sufrido en el pasado una decepción tan devastadora, con sus necesidades físicas y emocionales más básicas insatisfechas, se erigen unas defensas: unas fuerzas inconscientes que protegen al niño frente a la esperanza que puede quedar frustrada. Esas defensas, según Winnicott, explican la presencia del odio. El niño experimentará un estallido de ira contra la nueva figura parental, mediante el cual expresará su odio y lo suscitará a su vez en quien le cuida.

Para un niño que ha sufrido, la necesidad de odiar y ser odiado es más profunda incluso que la necesidad de rebelarse, y la tolerancia del odio por parte de los nuevos padres es un factor fundamental para la salud mental del niño. Debe permitirse al niño expresar ese odio, y los padres adoptivos deben de ser capaces de tolerar el odio, tanto el del niño como el propio.

Esta idea puede resultar chocante, y asimismo puede resultar difícil aceptar que es odio lo que crece dentro de uno. Los padres pueden sentirse culpables teniendo en cuenta las dificultades por las que el niño ha tenido que pasar antes; pero éste actúa de forma hostil hacia los padres, pues proyecta las antiguas experiencias de rechazo y abandono sobre la realidad actual.

El niño necesita ver lo que ocurre cuando aflora el odio. Lo que pasa, dice el pediatra inglés, es que pasado un tiempo el niño adoptado concibe esperanza, y comienza a poner a prueba el ambiente que ha hallado y la capacidad de su guardián de odiar objetivamente.

Las emociones que el odio del niño suscita en los padres, así como en los profesores y en otras figuras de autoridad, son muy reales. Winnicott considera clave que los adultos reconozcan tales sentimientos y no los nieguen, lo cual podría parecer más fácil. Deben comprender que el odio del niño no es personal: el niño expresa la ansiedad producida por su infeliz situación anterior con las personas que tiene ahora a su alcance.

Lo que haga la figura de autoridad con su propio odio tiene evidentemente, una importancia fundamental. La creencia del niño de que es malo e indigno de ser amado debe verse reforzada por la respuesta del adulto, que ha de tolerar los sentimientos de odio y entenderlos como parte de la relación. Esta es la única manera de que el niño se sienta seguro y capaz de establecer un vínculo.

Por abundante que sea el cariño que se encuentre en el nuevo ambiente, para el niño eso no borra el pasado, del cual el niño conserva sentimientos residuales. El niño espera que el odio que siente el adulto le lleve a rechazarlo porque eso fue lo que ocurrió antes; cuando esto no ocurre y en lugar de ello los sentimientos de odio son tolerados, entonces estos pueden empezar a disiparse”

Os doy mi opinión.

Los niños y niñas abandonados y maltratados (sobre todo los que han vivido estas adversas experiencias no sólo una vez sino de manera continuada (desgraciadamente, pues deja un profundo sufrimiento y un sentimiento interno de devaluación y desvalorización del sí mismo), son los que efectivamente odian no solo a quienes les adoptan o acogen sino también -me atrevería a decir- que a todo el género humano. Los adultos les han fallado gravemente. En la psicoterapia yo mismo he vivido la expresión de ese odio, y cuando he dejado que el mismo aflore, lo he validado como emoción que puede y es normal que sienta y he sabido contenerlo, el niño ha terminado por vincularse al terapeuta y ha llegado a sentir afecto positivo y abrirse para trabajar sus emociones dolorosas y sus problemas. Pero no he actuado mi rabia o mi odio al niño echándole de la terapia o adoptando cualquier otra consecuencia aversiva.

La cuestión –muy dura para todos, pero en especial para los padres y familias adoptivas y acogedoras pues de un hijo no se espera odio; una madre me dijo hace unos días, desesperada: “es que yo no estaba preparada para que mi hija me rechazara de ese modo”- es que seamos capaces, que podamos –buscando los apoyos que necesitemos- comprender y aceptar que el odio no es hacia nuestra persona sino que es, como apunta Winnicott, una proyección de fuerzas inconscientes que le protegen de la posibilidad de ser abandonado de nuevo.

La expresión del odio puede aceptarse como emoción, pues sólo es una emoción, si lo pensamos bien. Aceptamos sus emociones pero no las conductas que puedan dañar. Pero… “¿tolerar que mi hijo exprese odio hacia mí, yo que sólo le deseo lo mejor?”, podéis contestar. No es eso. Es tolerar que el hijo o el niño exprese su dolor y su odio por el abandono y que seamos capaces de aceptar que no va contra nosotros sino que es una proyección. Decirle que él puede sentirlo, que es normal que lo sienta, ratificarle en que su dolor tiene su buena razón, que quienes le tenían que cuidar le decepcionaron profundamente y que ahora cree que eso puede volver a ocurrir y es esperable por ello que se proteja del riesgo que supone amarnos; porque si nos ama, para él en su mente traumática existe el fantasma de que me pueden volver a dejar, con la profunda y dura decepción que ello conlleva. Pero es un camino que conduce a la creación del vínculo, pues en la mente del niño opera: “Le he odiado, pero no me ha abandonado, ni pegado, ni vejado…”Mentalizarnos que en determinados niños (sobre todo en los de apego desorganizado) forma parte de su proceso de sanación emocional, puede ayudarnos.Entender por qué ocurre evita que nos culpemos y le culpemos al niño. Y podamos ser, así, capaces también de tolerar ese odio que el niño puede suscitar en nosotros expresando nuestras emociones sanamente cuando el niño nos pone fuera de nuestras casillas pero sin caer en la trampa de actuar el odio haciéndole daño con una verbalización dura o con castigos físicos.

Termino con estas palabras de Rygaard (“El niño abandonado”) que son un mensaje que muy bien podríamos decir a los niños adoptados o acogidos en relación a esto que hemos tratado hoy:

“Tú no me quieres y me dices con frecuencia que te quieres marchar. Te fallan las personas de las que provienes y también los amigos que tenías. Tú piensas que amarme sería traicionarles. Bueno, ¿sabes una cosa?, todo esto a mí me parece muy bien. Mira, yo sé que cuando un niño es adoptado [acogido] se siente abandonado y tiene la impresión de que no vale nada. Todos los niños se sienten así cuando alguien se marcha. Eso lo entiendo. […] Te quiero tanto que tú no tienes que amarme. Espero que un día me digas qué es lo que te hace sentir triste”

La semana que viene comienzo a hablaros del libro sobre la técnica de la caja de arena que publico el próximo mes.

Cuidaos / Zaindu"

A lo mejor también le interesa:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...