La relación de pareja cambia con la ampliación de la familia, pero no tiene por qué deteriorarse: Amor a prueba de hijos
La felicidad y la plenitud que llega con un hijo son únicas. Pero la exigencia de afecto, de dedicación y de tiempo que precisa deja en no pocos casos a la relación de pareja en un segundo o tercer plano. No hay que alarmarse. Esta es una reacción normal que no tiene por qué ser permanente. Conviene interiorizar que nuestra vida, y en ella se incluye la de pareja, cambia con alguien más en la familia. No obstante, la transformación no significa, o no debería significar, deterioro. Ser padres puede ser en la mayoría de los casos el punto culminante de una relación, pero ni mucho menos tiene que ser vivido como si ya no existieran más motivaciones y que a partir de ahí la relación entre los cónyuges entra en la fase de decadencia. La pareja debe encontrar la forma de adaptarse a este cambio de etapa vital que, aunque positivo e ilusionante, conlleva unas responsabilidades que pueden dejar de lado el cuidado y el mimo de la relación conyugal. Con la llegada del primer hijo (y los sucesiv...