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Los cuentos del Siddhi-kur : El príncipe de la boca de oro

Trad. Irene Lo Coco

Séptima entrega del clásico asiático para niños. El Príncipe ha capturado nuevamente a la extraña criatura, a quien debe llevar a los pies del sabio Nagarjuna. Pero no son los vastos territorios que debe atravesar el escollo más importante, sino la condición de realizar la travesía sin pronunciar palabra, so pena de recomenzar la odisea desde cero. El apresado Siddhi-kur conoce tal profecía, y procura utilizarla a su favor, para lograr su liberación. Así, haciendo gala de sus dotes narrativas, interesa al Príncipe con una de sus maravillosas historias, intentando que éste, sin querer, salga de su mutismo para preguntar algo. En el presente viaje, el orador lo sorprende con la historia de un príncipe que decide terminar con la mortal exigencia que a su reino imponen dos terribles serpientes.

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Hace muchísimo años, en un lejano país, vivía un Khan que era grande y bueno y muy querido por todo su pueblo. Sin embargo, no había nadie en todo su extenso reino que lo amara o admirara tanto como su fiel esposa y su joven hijo. No existía una familia más unida y afectuosa. Los tres compartían sus contentos y sus penas, sus placeres y secretos, y solo en muy escasas ocasiones se podía ver a alguno de ellos sin la compañía de los otros dos.
En esos tiempos, el Khan, su familia, y todo el reino compartían una gran tristeza: el país entero se abastecía de un claro y amplio río, y sin la afluencia de sus aguas durante todo el año, la tierra se secaba, el pueblo sufría hambruna y la gente se moría de sed. En la mismísimo naciente de este río vivían dos inmensas serpientes, atroces monstruos tan feos como malvados, y cada año estas temibles criaturas demandaban un jovenzuelo o una doncella para alimentarse. A menos que esta petición fuera cumplida, las serpientes bloqueaban el agua del río y el pueblo comenzaba a sufrir su carencia.
Innumerables ocasiones habló el Khan con sus consejeros sobre este tema, a veces discutiendo durante la noche entera, pensando cual sería el modo de salvar a estos jóvenes de tan funesto destino. Sin embargo, nunca parecían llegar a un acuerdo. Si las serpientes no recibían su ofrenda anual de sangre humana, el resultado era el sufrimiento y la muerte de cientos de otros hombres, mujeres y niños del pueblo. De modo que el sacrificio de uno prevenía la muerte de muchos otros.
Otra vez se encontraban en ese momento del año en que un joven sería entregado a las serpientes, y en el pueblo entero se podía respirar la angustia y la ansiedad. Padres y madres apenas podían descansar por las noches, pensando que quizá fueran sus hijos los elegidos para subir a la naciente del río y adentrarse en la cueva de las serpientes. Pero en ningún sitio había tanta tristeza como en la casa del mismísimo Khan, puesto que sufría la pérdida de cada joven como si se tratara de su propio hijo.
Viendo el desánimo en los ojos de su padre, el hijo del Khan, cuyo nombre era Schalu, pensó seria y largamente.
¡Tiene que existir, -se repetía- una manera de ayudar a mi padre y liberar a mi país de tan terrible maldición!
Pero por más que se esforzara no podía dar con una solución al problema. Y el tiempo pasó tan rápido que enseguida alcanzaron el día previo a la llegada del mensajero de las serpientes, que se llevaría consigo al joven o a la muchacha elegida. Aquella noche Schalu no pudo dormir pensando en la tragedia inminente.
Podría ser yo el elegido. Por supuesto que nadie se atrevería a reclamar al hijo del Khan, pero de no ser por ello bien podría ser yo el próximo.
Y se imaginó la profunda congoja de su padre y madre y su propio terror ante tan terrible muerte.
Todos los padres de este pueblo deben estar sufriendo terriblemente, lo mismo que todos los jóvenes como yo, que temen por su suerte.
De repente Schalu se incorporó en la cama sorprendido por una gran idea y se quedó allí sentado unos segundos, perdido en la oscuridad de la noche.
— Iré yo mismo a enfrentar a estros monstruos, y yo, el hijo del Khan, les ofreceré mi vida si prometen abandonar para siempre su horrible demanda.
Poco pudo dormir luego de aquella idea, y en cambio se quedó pensando en la forma en que discutiría con las serpientes, tomando coraje para hacerle frente a su destino y morir como un príncipe valeroso por el bien de su pueblo.
Bien temprano en la mañana, antes que el sol saliera, se levanto, se vistió y salió sigilosamente del palacio. No había llegado muy lejos cuando escuchó unos pasos detrás suyo, y al darse vuelta se encontró con Saran, su fiel amigo. Saran era un joven de su misma edad, que también había sido criado en el palacio, como su sirviente y compañero, y ambos se querían como hermanos.
— Oh, señor y amigo, perdóname por haberte seguido. He visto tu ansiedad estos últimos días y cuando te vi partir tan temprano esta mañana mi corazón me dijo que algún peligro te acechaba.
Al principio el Príncipe se disgustó por haber sido descubierto, pero poco después se sintió mas tranquilo al estar acompañado de su gran amigo, y con sinceridad le contó todo su plan. Temió que Saran le insistiera para abandonar la idea y volver al palacio, pero su amigo escuchó toda la historia en silencio y luego le dijo:
— Schalu, tu corazón es noble como deben ser los corazones de los príncipes. No puedo oponerme a tan honorable acto, pero solo te suplico –y no aceptaré una negativa- que me dejes ir contigo y sacrificarme junto a ti, puesto que la vida sin mi amigo es peor que la muerte, y quizá si dos de nosotros ofrecemos la vida, tendremos mas posibilidades de que las serpientes acepten no molestar a nuestro pueblo nunca más.
El Príncipe trató de disuadir a su amigo, pero viendo que sus réplicas no servían, retomaron juntos el camino hacia la naciente del río.
Se acercaron son sigilo a la cueva de las serpientes, pues querían verlas bien antes que ellas los descubrieran. Treparon por unos arbustos a un lado del río y desde allí observaron detenidamente a los monstruos. Uno de ellos tenía la forma de un dragón, con escamas doradas; el otro era más pequeño y parecía ser más joven, y las escamas eran de un color verde esmeralda. Sin haberse percatado de la presencia de los dos muchachos, de repente comenzaron a hablar entre ellas.
— Es extraño, hermano, que esta gente sea tan ignorante y crédula.
— No pueden hacer mucho ¿no es cierto?, -dijo la de color verde- pues saben que si no cooperan con nosotras, secaremos su río y morirán de a montones.
Es cierto, -contestó la otra- pero en realidad les sería más fácil matarnos a nosotras, si tan solo supieran como.
— Pero si ya nos han mandado ejércitos armados en otras ocasiones, y siempre hemos salido victoriosas -dijo la serpiente verde orgullosa-.
— Por supuesto que nada pueden hacer con espadas, -contestó la dorada-. ¡Pero que terrible si supieran que con el golpe de un gran tronco de roble en la cabeza podrían matarnos! Por suerte no tienen como saberlo.
— ¡Y no son tan inteligentes como para adivinarlo, así que estamos totalmente a salvo!
— Y además, -continuó la dorada enroscándose en sí misma- ¡si solo supieran las grandes ventajas que tendrían al matarnos! ¡Que mi cabeza no solo serviría para un gran festín sino que además le dará al que me coma el poder de escupir oro por la boca cuando así lo quiera!
Y si se comieran mi cabeza, -dijo la serpiente verde- ¡podrán sacar esmeraldas de la boca! ¡Que suerte que estos tontos mortales nunca lo sabrán!
Schalu y su amigo habían escuchado suficiente. Temblando de excitación y con muchísimo cuidado para no ser descubiertos abandonaron el sitio donde se escondían y cuando se alejaron lo suficiente se abrazaron de alegría ante su descubrimiento. Sin perder el tiempo buscaron grandes troncos de roble y una vez armados volvieron al sitio donde las serpientes descansaban perezosas. Con un grito los amigos salieron al ataque y la pelea fue corta y aguda. Las gigantes criaturas se abalanzaron contra los jóvenes con sus cabezas de metal, pero éstos supieron esquivarlas con destreza y golpearlas fuertemente con los maderos con éxito.
Ahora, -dijo el Príncipe Schalu respirando con agitación- tendremos que prender un fuego y cocinarnos un buen festín, y si las serpientes decían la verdad, entonces seremos ricos por el resto de nuestras vidas.
Con sus cuchillos cortaron las cabezas de sus terribles enemigas y poniéndolas al fuego las cocinaron y luego las comieron. Schalu comió de la serpiente dorada, mientras que Saran dijo que nunca había probado algo más exquisito que la serpiente verde esmeralda.
Veamos, -dijo el Príncipe cuando hubieron terminado- que tan bien funciona el hechizo. ¡Deseo que de mi boca salga oro!
Apenas hubo terminado de decir estas palabras una lluvia de doradas monedas cayeron de sus labios, y los jóvenes las juntaron con los dos brazos y trataron de guardarlas en sus bolsillos.
— Ahora déjame intentar a mí, -dijo Saran- ¡Deseo que de mi boca salgan esmeraldas!
E inmediatamente miles de esmeraldas brotaron de sus labios.
¡Que divertido! ¡Volvamos ahora al palacio a mostrarle a tu padre todo lo que hemos logrado!
No, no regresemos todavía, -dijo el Príncipe-. Una aventura lleva a la otra, y me gustaría viajar un poco y ver que fortunas nos hemos de encontrar en el camino. Con este maravilloso regalo de oro y esmeraldas seguramente hallaremos experiencias interesantes.
Saran estuvo de acuerdo y los dos amigos se pusieron en camino con los corazones contentos. Todo el día viajaron y se cruzaron con muchos caminantes, pero no se encontraron con las grandes aventuras que esperaban. Casi era de noche cuando alcanzaron una arboleda de la cual provenían gritos y llantos, signos de una gran conmoción. Apuraron el paso y se encontraron con media docena de jovenzuelos peleando ferozmente.
¡Ey, muchachos!, -gritó el Príncipe-. Dejen de pelear y cuéntennos
qué está pasando acá.
Pero nadie le prestó atención y siguió la escaramuza.
— ¡Paren ya! -gritó Schalu más fuerte-. ¡Dejen de pelear y les mostraré la maravilla más increíble que jamás hayan visto!
Habiendo oído esto los jóvenes abandonaron la contienda y prestaron atención a los amigos.
¿Maravilla has dicho?, -exclamó el cabecilla del grupo-. No creo que puedas mostrarnos nada mejor que lo que aquí tenemos.
¿Tienen ustedes también algo maravilloso?, -preguntó el Príncipe-. Hagamos entonces un trato: si mi tesoro es más grande que el suyo, entonces me lo llevare todo. Y si el de ustedes es mejor que el nuestro, entonces podrán quedarse con los dos.
¡Hurra!, -gritaron los muchachos-. ¡Trato hecho!
Y el líder se agachó para agarrar una capa del suelo.
Esto es por lo que peleamos, puesto que todos queremos quedarnos con ella. Es una capa mágica y quien sea que la use permanecerá invisible hasta que se la quite. ¡A ver si ahora puedes mostrarnos algo más maravilloso que esto!
El Príncipe abrió un poco su boca y con solo pensar en el oro, una lluvia de monedas cayó a los pies de los muchachos, quienes se arrojaron al suelo con desesperada codicia a levantar cuanto pudieran.
Vamos -dijo Schalu a su amigo-, estos chicos no son dignos de esa capa, y además mi maravilla es mejor que la suya, de modo que ahora ambas me pertenecen.
Agarró la capa raída, y se la puso sobre la cabeza al tiempo que tomaba la mano de Saran. Al instante los dos amigos se hicieron invisibles, y pasaron sin ser vistos por delante de la maraña de jóvenes peleándose por el oro.
¡Este es un tesoro que vale la pena tener!, -dijo el Príncipe después de haberse alejado un poco, y quitándose la capa la guardo en su bolsa-. Me pregunto cuál será nuestra próxima aventura.
No habían recorrido mucho cuando llegaron a una bifurcación del camino donde había una gran nube de polvo, y de ella salían gritos y palabras de enojo y los amigos se apuraron a acercarse y ver de quá se trataba el asunto.
En el medio de todo aquel polvo había media docena de feos enanos, peleando con furia los unos con los otros.
Este es tu turno, -le dijo Schalu a su amigo-, esta será tu aventura.
De modo que Saran pateó fuerte el suelo y les gritó a los enanos para que frenaran la trifulca, pero estos no le hicieron el menor caso. Gritó entonces más fuerte:
¡Basta, les digo! ¡Que traigo una gran maravilla para mostrarles!
Y al escuchar aquella palabra los combatientes hicieron alto y prestaron atención a los amigos.
¿Maravilla has dicho?, -exclamó el líder del grupo-. No creo que puedas mostrarnos nada mejor que lo que aquí tenemos.
¿Cuál es la tuya? Si es tan interesante como la mía entonces les daré tantas esmeraldas como puedan caber en sus dos manos.
¡Muéstrales, muéstrales!, -gritaron todos los enanos a su líder- ¡y después nos quedaremos con todas sus esmeraldas si es que realmente tiene alguna!
El líder se dio la vuelta y levantó del suelo un par de viejas y gastadas botas.
Estas son una botas mágicas, y quienquiera que se las ponga y desee estar en un sitio con sol, podrá estar allí en un pestañear de ojos.
¡Eso es increíble!, -dijo Saran-, y aquí les dejo su recompensa, aunque en realidad no merecen ni las botas ni las esmeraldas.
Y apenas trayendo a su mente la idea Saran abrió su boca y un millar de verdes esmeraldas llovieron a los pies de los enanos, quienes a los empujones se abalanzaron sobre ellas.
— Rápido, -le dijo Saran al Príncipe- ¡ponte la capa y toma mi mano así no nos ven! Podemos hacer mucho mejor uso de esas botas que estos malvados enanos.
Y cada uno agarro una de las botas y siendo invisibles gracias a la capa se alejaron del grupo antes que terminaran de recoger las esmeraldas.
— Y ahora que tenemos las botas, probemos si realmente tienen el poder de llevarnos a otro sitio.
Muy bien, -dijo Schalu- ¡Deseo que seamos transportados inmediatamente a un país que esté necesitando un rey!
Al instante los dos amigos sintieron como se elevaban en el aire a una velocidad infinita, y solo pudieron escuchar el zumbido del viento en sus oídos.
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Luego fueron depositados suavemente sobre la tierra de un extraño país. Enseguida vieron una procesión de hombres, mujeres y niños avanzando hacia ellos y en la delantera iba un viejo de barba nevada y cabello largo. La gente iba directo hacia el Príncipe y Saran, y cuando los alcanzaron se quedaron allí, mientras que el viejo les habló temeroso y con voz trémula.
— Ustedes son dos extraños, y nosotros buscamos extraños; les ruego nos muestren algún signo de magia que nos indique que no son ustedes como el resto de los mortales.
— Por supuesto, -dijo el Príncipe Schalu- no somos diferentes de otros hombres, pero por gran fortuna somos poseedores de varias maravillas.
— ¡Muéstrennos, muéstrennos!, gritó la multitud.
Esto -continuó Schalu, sacando la capa de su bolsa-, tiene el poder de hacernos invisibles.
Se puso la capa y la gente gritó entusiasmada.
— ¿Dónde están? ¿Dónde se han ido? ¡Son realmente los elegidos!
— Estamos aquí -dijo el Príncipe, quitándose la capa-. ¿Pero por qué se emocionan tanto? ¿Y cúal es la razón por la que están tan deseosos de ver cosas maravillosas?
¡Muéstrennos más, por favor!, -gritó de nuevo la multitud, y el viejo intentó en vano aquietarlos-.
Estas botas, -continuó Schalu-, son también asombrosas, puesto que cualquiera que las use podrá desear el lugar donde quiere estar y allí será transportado en un pestañear de ojos. Gracias a ellas llegamos aquí.
¡No te las pruebes, les creemos!, -gritó alguien temeroso de perder a los recién llegados-.
Y finalmente, -dijo Schalu sonriendo y disfrutando de las caras de admiración de sus espectadores-, mi amigo y yo tenemos un pequeño truco que quizá les interese.
Y abriendo sus bocas los dos jóvenes dejaron salir oro y esmeraldas a borbotones. Si hasta entonces habían estado sorprendidos, con esto la gente del pueblo se volvió loca de contenta y mientras extendían las manos para asir algo del tesoro. El viejo del pelo blanco se acercó a Schalu y le dijo:
Oh maravilloso extraño, como mago que soy, bien sabía que en este camino nos encontraríamos un día con el rey que a este pueblo tanto le ha faltado a este pueblo. Acepta, entonces, nuestro reino; quédate aquí y reina a toda esta gente, y te daremos el honor de ser nuestro Khan y tu amigo será tu Gran Consejero hasta el final de sus días.
La multitud que escuchaba atenta y en silencio lo que el viejo mago decía, exclamó entonces en un grito de alegría que alcanzó las nubes. Levantando a Schalu y Saran en sus brazos, los transportaron entre cantos y júbilo hasta el palacio, donde Schalu fue coronado con toda la pompa y ceremonia, y a Saran le fue otorgado el título de Asesor Real.
Y los amigos vivieron felices y reinaron aquel país hasta el final de sus días.
Habiendo terminado la historia, el Siddhi-Kur permaneció en silencio.
¿Pero que pasó con los pobres padres de aquellos dos amigos?, -exclamó el Príncipe impaciente-. ¡Schalu debe haber sido un hijo ingrato si dejó a sus padres morir de angustia en su ausencia!
No, mi querido, jamás haría cosa semejante, -contestó el Siddi-kur sonriendo-. Apenas hubo sido coronado rey volvió a su país a visitar a su familia real. Y puedes imaginarte la alegría de sus padres al enterarse que el príncipe y su amigo no solo retornaron sanos y salvos sino que además habían liberado al pueblo de las serpientes monstruosas y habían sido coronados ellos mismos reyes de un nuevo país.
Pero me temo, -continuó el Siddhi-Kur-, que tu no alcanzaras nunca el éxito de tu empresa a menos que recuerdes las palabras de Nagarguna y mantengas tu silencio en el camino a casa! Ahora, ¡adiós! Me voy a mi árbol de mango, ¡es fantástico ser libre de nuevo!
El Príncipe apenas podía contener las lágrimas de furia al ver al Siddhi-Kur escapársele una vez más.
— ¡Iré a buscarte!, -le gritó, pero la mágica criatura solo se volvió para darle una sonrisa de triunfo-.
Abandonaría la tarea si fuera vos, -le dijo-, pero si realmente estás determinado a seguirme otra vez, tendré una linda historia lista para contarte en el camino de regreso. Se titula “Las extrañas aventuras de la esposa de Schalu.” Y habiendo dicho esto desapareció en la distancia.


El texto corresponde a la siguiente obra:
MYERS JEWETT, Eleonore; Wonder tales from Tibet; Little, Brown & Co; Boston; 1922
Traducción al español por Irene Lo Coco

Fuente : http://www.revistaseda.com.ar/articulos/siddhi-khur-23.php

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