domingo, 11 de julio de 2010

«Yo compré a mi hija»

A Juan Luis Moreno se lo confesó su padre en el lecho de muerte. A María José su madre se lo juró por escrito. Ambos fueron comprados cuando eran bebés. Hay muchos más

Vísperas del día de Reyes de 2006. Barcelona. Juan Moreno sabe que va a morir. Una embolia pulmonar lo tiene postrado en la cama de una humilde habitación del hospital San Antonio Abad de Vilanova i la Geltrú. A sus 81 años hace tiempo que dejó atrás sus años mozos como empleado de Cables Pirelli. A los pies del lecho de muerte, Juan Luis Moreno observa preocupado a su padre. Aún no puede creer que apenas dos días antes ambos estuvieran paseando por el jardín del sanatorio. Maldice en silencio ese pulmón encharcado que tiene a su 'viejo' al borde del último suspiro. El anciano comprende que la parca ya le mira a los ojos. Dicen que cuando uno intuye que está viviendo sus días postreros, adquiere una lucidez casi sobrenatural. Y Juan Moreno no quiere irse sin quitarse un peso que le lastra el alma desde hace 36 años. «Hijo mío, tengo que contarte algo. Sé que lo sospechas desde hace tiempo porque no te pareces en nada a nosotros. Pero es algo que debes saber». A la mente de Juan Luis acuden los vivos y preciosos ojos verdes de Carmen, su madre. Nada que ver con los suyos, oscuros. Y el relato que empieza a brotar de boca del moribundo cambia para siempre la vida de Juan Luis Moreno. «Hijo, tu madre y yo te compramos en 1969 por 150.000 pesetas a un cura en una clínica de Zaragoza».

Junio de 2010. Valencia. Despacho del abogado Enrique Vila, en el octavo piso de un edificio noble con vistas al Ayuntamiento. Una joven de 31 años acude con la esperanza de dar con su pasado. María José, que prefiere no dar sus apellidos, sospecha que es adoptada, aunque nada consta en su partida de nacimiento. Tiene la respuesta en su propia casa. Su 'madre' acaba confesando. Hace dos semanas, el pasado 23 de junio, firmó una declaración jurada. «Yo compré a mi hija». Según su versión, se la vendió una mujer con la que se citó en un parque de Melilla, en 1976, por un millón de pesetas de la época. De vuelta a Valencia, asegura que una matrona del Hospital La Fe le facilitó una partida de alumbramiento falsa a cambio de 25.000 pesetas para inscribirla en el Registro Civil. La 'madre', que se ha sometido voluntariamente a una prueba de ADN, no ofrece nombres, no da más datos, no arroja más luz sobre el brumoso pasado de María José.

Sus casos no son únicos. Hay decenas en toda España. Vidas de origen incierto, hijos en busca de sus padres, padres en busca de sus hijos, hermanos que intentan dar con sus iguales. La Justicia ya ha decidido dar un paso al frente. La Fiscalía de Algeciras ha abierto diligencias de oficio para conocer qué hay de cierto en el doloroso reguero de testimonios que han ido apareciendo en los medios de comunicación. La Fiscalía de Cádiz también ha movido ficha e investiga la 'desaparición' de cinco bebés. Un matrimonio de Vejer presentó la primera denuncia. Su hijo murió al poco de nacer en 1974 en el hospital público de Cádiz. En su tumba no aparecieron restos humanos 19 años después. «Partimos de una docena de nombres», asegura el fiscal jefe de Algeciras, Juan Cisneros. Doce familiares de bebés nacidos en hospitales de La Línea de la Concepción y Algeciras y supuestamente fallecidos allí entre los 60 y los 80. Pero no hay documentos sanitarios que corroboren tales muertes, ni registros en los cementerios que prueben los entierros. Una docena de nombres sin rostro.

El acusador público afronta estos días el interrogatorio de los afectados y ha ordenado a la Policía Judicial que indague la posible existencia de ficheros. La primera dificultad, que los hospitales ya no existen. La segunda, las décadas transcurridas, un tiempo que hace planear el fantasma de la prescripción legal.

No todos opinan así. «El delito se produce en un momento dado. Pero permanecen sus efectos, como la inscripción falsa de una filiación, y con ella las personas que podrían remediarla. Es como si un secuestro se considerara prescrito porque ha sucedido hace 30 años pese a que la víctima no ha aparecido...». Enrique Vila es un abogado de ojos tristes. «Llevo 15 años ayudando a la gente a encontrar lo que yo todavía no he conseguido». Adoptado, el letrado valenciano se ha hecho dos veces la prueba de ADN en busca de una madre que no conoce. Autor del libro 'Bastardos', en el que cuenta su historia y la de varias embarazadas en los negros años del franquismo obligadas a dar a sus hijos en adopción, su investigación personal lo llevó hasta la icónica calle Estafeta de Pamplona. De boca de otra parturienta que dio a luz en la Casa Cuna de Valencia, donde él vino al mundo, supo de su madre como «una mujer del norte».

Su esperanza se desvaneció al plantarse en Navarra y comprobar que la misteriosa mujer había muerto. Sus ojos destilan angustia, pero él mantiene viva su búsqueda. En su partida de nacimiento sí consta como hijo adoptivo, algo que no ocurre con los que ahora giran la vista expectantes hacia las indagaciones de Algeciras y Cádiz. «Entre los 40 y los 80 hubo dos millones de adopciones en España. Calculo que un 10% son inscripciones falsas». La cifra asusta: 200.000 alumbramientos bajo sospecha. Vila es el abogado de Anadir, la Asociación Nacional de Afectados por Adopciones Irregulares. La entidad agrupa ya a una treintena de miembros con partidas de nacimiento fraudulentas. Su objetivo, presentar tras el verano ante la Fiscalía General del Estado un escrito conjunto para pedir una investigación en todo el país sobre 'niños robados'.

«Para mí, mi padre es Dios»

En el lecho de muerte de Juan Moreno estuvo también el germen del nacimiento de la asociación, obra de su hijo Juan Luis y de su amigo Antonio Barroso. La confesión del moribundo técnico de Pirelli les hizo comprobar a ambos que tenían mucho más en común que sus fotos juntos de niños y sus viajes anuales con sus 'familias' a Zaragoza. «Mi padre también me dijo que el padre de Antonio lo compró a él recién nacido a una monja de allí. Luego caímos que cada viaje por el Pilar a Zaragoza debía de ser para pagarnos a plazos». 150.000 pesetas era una fortuna en 1969. Tras la confesión llegaron más pruebas: análisis de ADN que atestiguaron que ni Antonio ni Juan Luis eran hijos de quienes creyeron durante casi 40 años, documentos firmados por familiares que confirmaban que sus madres jamás habían estado embarazadas y la ausencia de cualquier registro de su nacimiento en el hospital Miguel Servet y la clínica Pérez Serrano, ya desaparecidos. Antonio comenzó a comprender quién era aquella religiosa que todos le presentaban como «la tita Montserrat» y que le escribía cariñosas cartas. Hace un año logró localizarla. Acudió a su encuentro con una cámara oculta que le proporcionó una televisión autonómica que investigaba el tema. Pero la monja había fallecido un mes antes. Tras la esperanza surgió la rabia. «Es mentira que yo me llame Antonio Barroso. No sé ni el día en que nací», se lamenta. Aunque no hay odio hacia quienes les han criado. «Mi padre me dijo que sabía que era delito, pero que siempre había querido tener un hijo. Soy ateo, pero para mí, él es Dios», subraya Juan Luis. Su lucha legal ha recibido tres varapalos. Un juzgado de Zaragoza, la Audiencia Provincial y el Supremo archivaron su caso al considerarlo prescrito. No entran en el fondo del asunto, aunque un párrafo del auto de la Audiencia deja bien claro que hasta la Justicia tiene 'sentimientos': «No podemos sino respaldar a los querellantes en su intento de conocer a sus madres biológicas de ser ciertos los hechos que denuncian». Como otras decenas de españoles, Antonio y Juan Luis miran ahora hacia las Fiscalías de Algeciras y Cádiz como los nuevos resquicios legales por los que seguir peleando para encontrar su pasado.

Como las hermanas Díaz Carrasco. Flor y Cristina, residentes en Irún e hijas de emigrantes andaluces en Guipúzcoa. Ambas declararán a partir de esta semana en San Sebastián a petición del fiscal algecireño. Su denuncia pública a comienzos de año fue el detonante de la investigación. Sus sospechas son muchas. Sus pruebas palpables, escasas. Apenas una inquietante foto de su abuela Joaquina con un bebé muerto en brazos, un niño demasiado grande para ser un pequeño con horas de vida. Nadie más vio el cuerpo. Es el hermano de Cristina y Flor, nacido en La Línea en 1967 y dado por muerto. Pero sin registro sanitario alguno, sin archivo que pruebe su paso por el cementerio de San Fernando, el mismo que cada año visitaban las hermanas Díaz Carrasco para ponerle flores en una tumba desaparecida durante unas obras en 1980. «Consultados los archivos de este cementerio, no aparece constancia alguna de haber ingresado Jesús Díaz Carrasco», explica un frío papel del camposanto gaditano. Otro niño sin pasado. «Mi sospecha es que el bebé que le enseñaron a mi abuela es también el que mostraban a otras madres a las que les pasó lo mismo», apunta Cristina. Lo dice minutos después de poner en contacto a otra mujer de Sevilla con la Fiscalía de Algeciras, una madre que dio a luz en el Hospital de La Línea en 1977 y cuyo hijo 'murió' a los pocos días. «Les dijeron que no podían ver el cuerpo porque estaba ya en descomposición». Y una vez más, ni rastro de registros sanitarios ni en el cementerio. Demasiadas incógnitas para no ser resueltas.

En Burgos, María Labarga aún trata hoy de averiguar quién la trajo al mundo en una pensión de Tortosa, Tarragona, en septiembre de 1968. La mujer que decía ser su madre juraba y perjuraba que rompió aguas en un coche y la alumbró en la antigua clínica Alianza. Hasta que hace cuatro años su tía confirmó la sospecha que tanto angustiaba a María: le dijo que su 'padre' le insinuó que era adoptada. La burgalesa se plantó en el número 15 de la calle Teodoro González de Tortosa, la única seña en su partida de nacimiento sobre el lugar en el que vino al mundo. Ni rastro de la clínica. Sólo la fonda Gas. La encargada de la pensión le negó que allí naciera nadie. Una y otra vez dijo no saber nada. Tampoco cuando María le mostró una evidencia: varias fotos de su bautizo en las que se puede ver a Pepita, hija de la dueña de la fonda, presente en la ceremonia. María acudió al juzgado de instrucción número 4 de Burgos para denunciar que incluso una comadrona de Tortosa le reconoció haber certificado en falso su nacimiento tras pedírselo otra matrona de Castellón, cuya sobrina fue madrina de la afectada. «Nada supe de esa denuncia. El misterio sigue. Y con él, yo sin pasado». Como Chary Herrera, una gaditana cuya hermana murió en enero de 1975 en la antigua residencia de Zamacola, en Cádiz. Su cuerpecito 'acabó' en una fosa común sin que nadie lo viera. «A mi padre no le dejaron ni mirarle la cara». Como Arturo Reyes, un fotógrafo malagueño en paro cuyo hijo pereció a los nueve días de nacer en 1987 en el hospital de La Línea y en cuya tumba no apareció en 2004 mas que un paño quirúrgico y una toalla verde. Como Carmen Rodríguez, una tinerfeña de 41 años que en 1968 dio a luz en el mismo centro a un bebé que nació robusto y con cuatro kilos, hasta que murió a los pocos minutos, de nuevo sin certificado de defunción o sepultura. Como todos ellos, en Vilanova i la Geltrú, Juan Luis recuerda que sigue sin saber quién es cuando visita a su 'madre' en la residencia. Octogenaria, la demencia senil ha borrado cualquier verdad en su anciana mente. Pero Juan Luis la mira a los ojos, esos vivos y preciosos ojos verdes de Carmen tan distintos a los suyos. Y Juan Luis sabe que tiene que seguir luchando.



Fuente: http://www.ideal.es/granada/v/20100711/sociedad/compre-hija-20100711.html

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