lunes, 17 de agosto de 2009

Cuentos del Siddi-khur

La promesa de Massang

Hace mucho tiempo, vivía a la vera del río un hombre muy pobre que no tenía nada más en el mundo que una sola vaca.

- Si tan solo pudiera tener un ternerito también –se decía a si mismo-estaría tanto mejor. Podría vender el ternero y con ese dinero comprar algunas cosas y negociar con ellas. Y con el tiempo quizá convertirme en un hombre rico.

De modo que deseó y deseó un ternero, y rezó a todos sus santos y recitó un millar de formulas mágicas; y cada mañana se acercaba esperanzado al cobertizo donde dormía la vaca, creyendo que encontraría al ternero a su lado. Finalmente, una mañana escuchó un sonido muy extraño dentro del cobertizo y corrió hacia allí seguro de que sus deseos y plegarias habían sido escuchados. Imaginen su sorpresa cuando lo que encontró no era un ternero sino un niño, alto y flaco y bastante andrajoso, con el pelo revuelto y unos grandes ojos marrones. La desilusión y la furia del hombre crecieron de repente.
- ¿Qué estas haciendo acá, pequeño mendigo? –le gritó―. Tratando de robar mi vaca, me imagino, ¡la única cosa que tengo en el mundo!

Agarrando un madero enorme se acercó al niño como si fuera a matarlo, y el joven se echó atrás contra la pared.

- ¡No me mate, mi señor! –suplicó-. “Nunca pensé tal cosa, estoy solo, sin amigos y vine a suplicarle que me adopte como su hijo.

El hombre bajo el madero y rió con fuerza en desaprobación.

- ¡Mi hijo! –le dijo- ¡Como si no tuviera suficiente que hacer manteniendo a este cuerpo y alma juntos, sin hacerme cargo de nadie mas! Un hijo cuando quería un ternero. No, ¡debería matarte por tu insensatez! – y otra vez arremetió contra el joven con furia.
- Pero no seré una carga para ti, -continuó el joven, alejándose más y más-. Te traeré riquezas y felicidad, ¡mucho más de lo que podría hacer un ternero!
El hombre se rió de nuevo.
- Ese es un lindo cuentito -le dijo-. ¡Ahora, vete de aquí! Cuando me muestres esa abundancia y prosperidad de la que hablas, te adoptaré como mi hijo, pero no antes.
El niño camino sigilosamente hasta la puerta y allí se detuvo.
- Señor, te has tornado implacable por culpa de la pobreza; pero tu corazón no es tan duro ni desdeñoso como lo son tus palabras. Mi nombre es Massang, y volveré y te traeré riquezas. Esa es mi promesa, ¡hasta pronto!
El hombre volvió a su cabaña, reflexionando sobre las duras palabras con las que había hablado al niño, mientras éste corrió tierra adentro.
Viajó durante un largo rato sin encontrarse con nadie en el camino, hasta que al cruzar un prado muy verde se cruzó con un hombre sentado bajo un árbol. El color de su vestimenta, tanto como sus manos y su rostro eran tan verdes como el pasto bajo sus pies.
- ¿Qué clase de hombre eres? -preguntó Massang muy intrigado-.
El hombre puso la cabeza de costado y lo miró astutamente con sus pequeños ojos verdes.
- Soy un hombre -le dijo- con gran entendimiento de los que hace mover al mundo, y nací tan verde como estos verdes prados.
- Ven conmigo -le dijo Massang-, y vivamos juntos, ya que te necesito.
Y el Hombre Verde se levantó y siguió al niño sin decir una palabra.
Pasado un rato llegaron a una selva tan profunda y oscura que les dificultaba el paso. Y en el centro de la misma se encontraron con otro hombre, sentado en el tronco de un árbol caído, y las ropas y la piel de este hombre eran tan negras como la medianoche.
- ¿Qué clase de hombre eres tú? –preguntó Massang-. El hombre clavó sus ojos oscuros en él y dijo:
- Soy un hombre con gran entendimiento de los que hacen mover al mundo, y nací tan negro como esta selva negra.
- Entonces ven con nosotros -dijo el niño– y vivamos todos juntos. Tengo trabajo para ti.
Entonces los tres viajaron en silencio, a través del bosque y del campo abierto.
Cuando hubieron recorrido una gran distancia, alcanzaron una región de rocas y arena, muy descubierta y blanca por la luz del sol. Mientras atravesaban estas tierras, se encontraron frente a una piedra gigante, donde se sentaba un hombre vestido de blanco y con manos y rostro tan blancos como la arena blanca.
- ¿Qué clase de hombre eres tú? –preguntó Massang-. El hombre lo miró con unos ojos tan pálidos como su piel.
- Soy un hombre con gran entendimiento de los que hacen mover al mundo, y nací tan blanco como esta arena y estas rocas blancas.
- Entonces -dijo Massang-, te necesitamos; ven con nosotros y viviremos los cuatro juntos.
No mucho más tarde, los cuatro compañeros descubrieron una pequeña colina con una cabaña, fuerte y en buenas condiciones, pero aparentemente desierta. Decidieron entonce que ésta fuera su morada, y allí vivieron por muchos días sin ninguna sorpresa ni aventuras. Tomando turnos cada día, tres salían a cazar y uno se quedaba en la casa preparando el almuerzo.
Una mañana, Massang, Hombre Negro y Hombre Blanco salieron de caza, dejando a Hombre Verde en la colina, y volvieron al mediodía, cansados y hambrientos. Consternados vieron el suelo frente a la cabaña totalmente destrozado por pezuñas de caballos, y al Hombre Verde parado temeroso en la puerta de entrada.
- ¡Ay de mí! –lloró-. Mis camaradas, no tendremos almuerzo hoy, puesto que mientras cocinaba el guiso en el fuego, una banda de jinetes llegó hasta aquí y se llevó todo lo que había en la cabaña, incluyendo la olla de comida. Entren y véanlo con sus propios ojos.
Entraron todos y sin encontrar señales de la comida, se vieron forzados a preparar un nuevo almuerzo con lo que habían cazado aquella mañana, aunque sin olla para cocinar las cosas se tornaban difíciles. No había ninguna razón para dudar de la historia de Hombre Verde, puesto que las marcas de las pezuñas en el suelo eran claras. Pero Massang examinó estas marcas con mayor detenimiento y luego le habló severamente a Hombre Verde.
- Camarada, nos has engañado. No entiendo como fue que se perdió nuestro almuerzo, pero que hayan venido jinetes a llevárselo, eso no es cierto. Esas marcas las has hecho tú mismo con una herradura, de modo que ¡cuéntanos ahora mismo la verdadera historia!
Hombre Verde miró a Massang con ojos maliciosos pero nada dijo.
Al día siguiente, habiendo conseguido otra olla para cocinar, Massang, Hombre Verde y Hombre Blanco salieron a cazar, dejando a Hombre Negro en la casa preparando todo para su regreso. Cuando volvieron se encontraron con la misma escena del día anterior: el almuerzo junto a todos los elementos de la cocina habían desaparecido, y el suelo frente a la entrada de la cabaña estaba todo marcado como por pezuñas de caballo. Hombre Negro estaba parado en la puerta, con las manos vacías.
―Vinieron de vuelta -dijo-, la banda de los jinetes y se llevaron la olla entera de comida, y todo lo que había preparado para el almuerzo. Estaba indefenso frente a tantos hombres.
Pero Massang dudó de sus palabras y luego de haber mirado cuidadosamente las marcas en el suelo, le dijo:
- Mi amigo, esas marcas las hecho tu mismo con una herradura. ¿Cuáles fueron tus aventuras? ¿Por qué nos las quieres ocultar? Te ruego nos cuentes la verdad.
Hombre Negro lo miró con maldad pero no dijo una sola palabra.
El tercer día ocurrió la misma cosa. Era el turno de Hombre Blanco de quedarse en la casa a preparar la comida, pero no tuvo mejor éxito que sus compañeros y contó la misma historia cuando volvieron de la caza.
- Me alegro -dijo Massang cuando una vez más no pudo obtener una respuesta de sus compañeros-, que mañana sea mi turno de quedarme en la casa. Ojalá me encuentre con la misma aventura y así entenderé porque me han engañado todos estos días.
Los tres hombres callaron, pero se miraron comprensivamente entre ellos.
A la mañana siguiente, habiendo conseguido una nueva olla en un pueblo cercano, Massang se sentó a preparar el almuerzo mientras los otros tres se iban a cazar al bosque.
- ¡Vamos! –se dijo a sí mismo mientras ponía la olla al fuego- que la extraña aventura llegue a mí también para ver si soy más inteligente que mis compañeros para hacerle frente.
Por algún tiempo, no se escuchó ninguno sonido ni adentro ni afuera de la cabaña a excepción del repiqueteo del fuego, pero apenas había empezado a hervir el guiso los oídos afilados de Massang oyeron un susurro en la ventana. Se quedó quieto en su asiento, mirando y escuchando con atención. De repente, vio aparecer sobre el marco de la ventana una pequeña escalera y una vocecita aguda exclamó:
- ¡Qué subida tan empinada! ¡Pero huelo una rica comida aquí dentro! En lo más alto de la escalera y sobre el marco de la ventana había una pequeñísima señora, de no más de 50 centímetros de altura, muy arrugada y encorvada, y con un paquetito en la mano del tamaño de una manzana.

- ¡Ah!, -dijo mientras miraba a Massang y a la olla; a la olla y a Massang; y otra vez–. Te ruego, hijo, que le des a una pobre vieja un poquito de tu guiso, solo un poquito y luego me iré sin darte ningún problema.
Massang se inclinó sobre la olla, como si fuera a servirle un poco, pero se detuvo en seco al ver una sonrisa muy maliciosa en su rostro.
- Puede ser -pensó-, que sea ésta una bruja muy mala, y que si le doy un poquito de mi guiso, luego se llevará la olla entera como pasó todos los otro días. Mejor será que sea muy cuidadoso.
Luego, se giró y le dijo a la señora:
- Buena mujer, con gusto le daré un poco de mi guiso, pero ahora está todavía muy espeso, de modo que le ruego que busque un poquito de agua para que sea más sabroso. Le daré tanto como usted desee.
La señora gruñó, pero, tomando el cubo que Massang le dio, desapareció enseguida por la ventana, dejando su paquetito.
Massang, que le había dado un cubo agujereado para que le tomara mucho tiempo hacerse del agua, se acerco al paquete y lo abrió. Adentro había una cuerda, un martillo de hierro y un par de tijeras de hierro también.
Tan pronto las hubo sacado de su bolsa, las tres cosas se hicieron muy grandes, y así supo con certeza que aquella señora era en realidad una bruja y que debía tratarla con mucho cuidado. Escondió los tres tesoros en sus bolsillos y puso en el paquete un hobillo de lana, un martillo de madera y unas tijeras de madera también. Apenas las metió dentro del paquete, cambiaron su tamaño y se tornaron tan pequeñas como las otras habían sido. Después volvió a su lugar frente a la olla como si nunca se hubiera movido de allí. No pasó mucho tiempo hasta que la bruja voló hasta la ventana.
- ¡Ten cuidado conmigo! –le gritó, y su voz aguda tembló de furia. -¡ten mucho cuidado en como me tratas! Mi cuerpo es pequeño, ¡pero mi poder es muy grande! Dame un poco de tu guiso ahora mismo, ¡o la peor desgracia caerá sobre ti!
Massang la miró en silencio y sin moverse.
- No le tengo miedo a tu poder –le dijo-. En tanto no pruebes mi comida, no serás más fuerte que yo.
La bruja, golpeando el suelo con un pie, gritó:
- En tu orgullo crees que puedes equiparar tu fuerza a la mía. Pues vale, veamos quien es el más poderoso. Te pondré ante tres pruebas, después de las cuales, si no lloras por piedad, podrás ponerme a mí también a cumplirlas. Dime ahora, ¿estás de acuerdo o tu coraje ya empieza a flaquear?
- ¡De ninguna manera! -dijo Massang levantándose de su asiento–Pongámonos a prueba ahora mismo.
La bruja levanto su paquete, lo abrió y sacando el hobillo de lana que ella creía que era su cuerda mágica le dijo:
- Primero, te voy a atar con esto, y si tienes éxito y te liberas podrás atarme a mí también. Si no lo logras -y aquí se rió con desprecio- estarás atado a mí por toda la eternidad, siendo mi esclavo en cuerpo y alma.
Y entonces voló hasta donde Massang estaba y lo ató de pies y manos, pero como se trataba de un simple hobillo de lana y la fuerza de Massang era grande, pudo soltarse fácilmente. La vieja aulló de furia, pero el la agarró enseguida y la ató con la cuerda mágica que tenía en su bolsillo. La bruja luchó y pataleó pero no pudo soltarse de las ataduras.
- ¡Es suficiente! –gritó finalmente, jadeando de cansancio-. ¡Desátame! Has ganado esta prueba, pero es tan solo la primera y la menos importante; tengo otras dos pruebas más para ti, y esta vez te encontrarás en aprietos.
Massang la desató y ella se paró de un salto, temblando y batiendo sus dientes de ira, mientras que Massang estaba tan calmo como si se tratara de un simple juego.
- Dime, Madre Bruja, ¿eres tú quien visitó nuestra cabaña los anteriores días, llevándote el guiso y la olla?
La pequeña mujer estalló en carcajadas.
- Pues claro que fui yo. ¡Tus tres compañeros no eran suficientemente inteligentes como para preservar su comida! Una probadita del guiso me dio las fuerzas necesarias para llevarme todo el resto del almuerzo, y te digo más, fueron sus caras de tristes hombres lo que me contuvo de llevármelos a ellos también como mis esclavos. ¡Por la vergüenza que les daba decir que una viejecita les había ganado tuvieron que inventar tales historias de la banda de jinetes!¡Ja! ¡Ja! Fui yo, fui yo quien se llevo la comida. Pero basta, aquí tengo lista la segunda prueba para ti, y si fallas en esta, como estoy segura que sucederá, morirás; ¡no tendré piedad por ti!
Habiendo dicho esto, sacó de su paquete el mazo de madera, sin darse cuenta que no era el de hierro que ella había puesto allí. Voló hasta donde estaba Massang y empezó a golpearlo en la cabeza con él.
- ¡Aquí tienes! Llora, ruega por un poco de compasión antes de que te saqué el cerebro con este martillo.
Pero los golpes que recibió Massang en la cabeza eran tan suaves como los de una varita liviana, y se rió con fuerza, empujando el martillo.
La bruja cansada y sin aliento dejó de forcejear.
- Y ahora –dijo Massang-, tienes que dejarme hacerte la misma prueba. Y sacando de su bolsillo el martillo de hierro de la bruja, le dio un fuerte golpe en la cabeza.
La vieja señora pegó un alarido mientras se llevaba las manos a la cabeza y de un salto trepó a la ventana y se fue volando. Justo en ese momento llegaban Hombre Negro, Hombre Verde y Hombre Blanco del bosque.
- ¡Rápido, sigamos a la bruja! Está herida y va a volar directo hasta su guarida. Vengan conmigo, sigámosla.
De modo que los cuatro compañeros salieron corriendo de la cabaña detrás de la bruja, quien volaba como un gran pájaro en el cielo, perdiendo unas gotas de sangre negra de su cabeza. Al principio volaba tan rápido que por más rápido que los cuatro hombres corrían, no podían alcanzarla, pero poco después empezó a tambalearse y a perder velocidad. Sin embargo, el terreno donde los otros corrían era tan inestable que varias veces cayeron al suelo, aunque nunca perdieron de vista a la bruja.
Finalmente la vieron caer al suelo y al correr hacia ella se dieron cuenta que estaba muerta.
- Una muy mala bruja -dijo Massang-, aunque no fue mi intención matarla, solo hacer que se vaya.
- Ella nos hubiera matado muy rápido –dijeron los otros tres- si la hubiésemos dejado.
Miraron a su alrededor y se encontraron con la entrada a una profunda, empinada y oscura cueva.
- Esta debe ser su guarida -dijo Massang-, y no tengo dudas que estará llena de tesoros, entremos y veamos.
Pero aparentemente no había forma de llegar hasta el final de la cueva. Era tan profunda que era difícil ver hasta donde llegaba, y las paredes de los lados era de un hermoso mármol.
Massang, sin embargo, se acordó que todavía tenía en el bolsillo la cuerda mágica. La desenrolló y viendo que llegaba hasta lo más profundo de la cueva, le pidió a sus amigos que la sostuvieran de una punta mientras él se introducía en ella.
Allí dentro la luz era muy escasa, pero una vez que se acostumbraron sus ojos a la oscuridad, se encontró con pilas y pilas de oro, plata, diamantes, rubíes y esmeraldas. Les gritó eufórico a los otros, que se asomaban a la boca de la cueva.
- Busquen bolsas -les pidió-, bolsas enormes y ¡las llenaremos de tesoros! Después las pueden subir con la cuerda mágica y las dividiremos entre los cuatro para ser los hombres más ricos por el resto de nuestras vidas.
Los tres hombres corrieron a la cabaña a buscar las bolsas, y mientras estuvieron ausentes, Massang deambuló por la cueva, que era enorme y llena de oscuros recovecos con más y más tesoros. No había terminado de recorrerla cuando el Hombre Verde le gritó desde la boca de la cueva. Le arrojaron las bolsas y Massang las llenó de oro y piedras preciosas. Durante el resto del día y hasta que la noche cayó sobre ellos, estuvieron ocupados llenando las bolsas, subiéndolas con la cuerda mágica, vaciándolas y tirándolas de nuevo al fondo de la cueva. Finalmente Massang les dijo que estaba demasiado oscuro para ver nada más, y que ya no quedaba mucho por sacar. Se ajustó la cuerda alrededor de la cintura y les pidió a sus amigos lo subieran. Para su asombro, vio al Hombre Verde asomándose a la boca de la cueva con una sonrisa maliciosa y un cuchillo en su mano.
- Ahora, Señor Massang -dijo el hombre, y su voz sonaba dura y cruel- ¡si usted cree que lo subiremos para compartir los tesoros con usted, está muy equivocado! ¡Habrá mucho más para nosotros si tu no estás! Así que adiós, y que la paz esté contigo. Nunca podrás salir de esta cueva para acusarnos de nada.
Dicho esto, cortó la cuerda y desapareció, y Massang podía escuchar a los tres hablando entre sí y luego alejándose. Durante toda la noche los escuchó ir y venir, evidentemente llevándose el tesoro, y cuando llegó la mañana ya no oyó más nada y supo que estaba solo. Se sentó en el piso de la cueva y hundió su rostro en sus manos, su corazón se sentía muy pesado.
Sin embargo, poco después se levantó y miró a su alrededor, pensando que no debería desesperarse hasta no estar seguro de que no había ninguna salida posible. Una inspección exhaustiva le demostró que no había nada allí que pudiera serle útil, más allá de un poco de oro que no había guardado el día anterior y tres carozos de cereza. Se puso todo esto en el bolsillo pensando:
- Es mi última y única esperanza –y luego dijo en voz alta–. ¡Por todos los poderes de la magia buena, desearía encontrar una salida a esta cueva y recuperar mi libertad!
Luego enterró los carozos en el piso de la cueva, y apenas hubo hecho esto sintió una ola de cansancio tan grande que no pudo hacer otra cosa más que recostarse en el piso cayendo en un profundo sueño.
Cuando despertó se encontró con sorpresa con tres jóvenes cerezos parados al lado suyo, y el más alto de los tres árboles alcanzaba con su rama más alta la boca de la cueva. Se paró de un salto y se estiró -aunque para él había sido una siesta corta, no sabía que en realidad había estado durmiendo por varios años-. Le resultó muy sencillo trepar por el árbol hasta la salida de la cueva y se sintió muy feliz al saberse finalmente libre. Marchó sin objetivo durante un buen rato, hasta que llego a una casita donde compró comida con el oro que todavía tenía el bolsillo. Viajó lejos y por mucho tiempo, en la búsqueda de sus antiguos compañeros, hasta que al fin, después de muchas semanas, se encontró con tres elegantes casas, rodeadas de hermosos parques y flores. Estas casas, supo poco después, pertenecían a sus malvados amigos -Hombre Verde, Hombre Blanco y Hombre Negro-, pero en aquel momento no estaban allí, ya que habían salido de caza. Massang, entonces, se buscó un madero firme y los esperó en la puerta. No pasó mucho tiempo hasta que los vio venir directo hacia el. Caminaban contentos, sin siquiera imaginar lo que les esperaba, y no lo reconocieron hasta que lo tuvieron en frente de sus ojos.
Massang se paró en medio de su camino con el madero en la mano. El Hombre Verde lo vio primero y gritando de miedo se tiró a sus pies. Luego, los otros dos lo vieron también e hicieron lo mismo que el primero.
- ¡Es Massang, o su fantasma que viene a vengarse! ¡Estamos condenados!
- ¡Levántense ya! –les dijo Massang severamente tocándolos con el madero–. Levántense, pues no soy ningún fantasma, sino el mismísimo Massang que ustedes dejaron morir en la cueva. Había pensado golpearlos con este madero por su crueldad y traición, pero ¡eren demasiado cobardes para que los toque!
Los tres hombres lo miraban temblando desde el suelo
- ¡Ay de mí, Señor! –lloró Hombre Negro- ya hemos sufrido suficiente por nuestra malvada codicia. A pesar de las riquezas ¡hemos sido tremendamente infelices y no hemos encontrado paz ni en el día ni en la noche!
- ¡Es cierto! -agregó Hombre Blanco–, te daremos todas nuestras riquezas y nos volveremos mendigos si tú nos perdonas la vida.
Incluso Hombre Verde se acopló a esta súplica.
El corazón de Massang se enterneció.
- Vamos, levántense y hablemos al respecto -les dijo-.
Y cuando los otros se hubieron levantado, prosiguió:
- Esto es lo que les voy a pedir: cada uno de ustedes debe tomar la mitad de sus riquezas y llevarlas a la orilla de cierto río. Allí encontrarán a un hombre pobre que no tiene nada en el mundo más que una sola vaca. Llévenle el tesoro y díganle lo siguiente: “Tu hijo, Massang, te envía riquezas y prosperidad con amor”. Cumplan con este pedido, y les perdonaré la vida.
Los hombres prometieron cumplir al pie de la letra y pocos días después Massang los vio partir a lomo de burro con dirección al río.
- ¡¿Y encontraron al pobre hombre y su vaca finalmente?! –preguntó el hijo del Gran Khan-. ¡Continúa la historia por favor!
- Si, lo encontraron –dijo el Siddhikur riendo-. Y le entregaron todas las riquezas, y cuando Massang llegó hasta al río pocos días después, puedes estar seguro que el hombre lo recibió con entusiasmo y lo adoptó como su amado hijo. Pero tú, Príncipe, ¡has olvidado las palabras del sabio Nagarguna! Has roto tu silencio y con eso has perdido tu poder sobre mí.
Y con un grito de alegría, el Siddhi-kur saltó fuera de la bolsa que el Príncipe llevaba en su espalda y corrió lejos. El hijo del Khan no lo volvió a ver hasta que hubo recorrido una vez más todos los peligros que ya había sorteado, y cuando llegó al jardín de los niños fantasmas se encontró con el árbol de mango. Viendo al Príncipe tan persistente en su misión, el Siddhi-kur no puso objeciones a ser llevado una vez más, y se dejó amarrar con la cuerda de miles de hilos a la bolsa mágica. Después de haber viajado un buen rato en silencio, el Siddhi-kur sugirió otra vez contarle una historia, y sin recibir ninguna respuesta por parte del Príncipe más que un movimiento de cabeza, empezó a contar.

Textos de la siguiente obra:
MYERS JEWETT, Eleonore; Wonder tales from Tibet; Little, Brown & Co; Boston; 1922
Traducción al español por Irene Lo Coco
Ilustración: Maurice Day

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